23 nov. 2017

Thomas Stearn Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock


Thomas Stearn Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock
Thomas Stearns Eliot, (Saint Louis, Missouri; 26 de septiembre de 1888 - Londres; 4 de enero de 1965)



S’io credessi che mia risposta fosse
a persona che mai tornasse al mondo,
questa fiamma staria senza più scosse.
Ma per ciò che giammai di questo fondo
non tornò vivo alcun, s’i’odoil vero,
senza tema d’infamia ti rispondo.


Vamos entonces, vos y yo,
Cuando la noche se extiende contra el cielo
Como un paciente anestesiado sobre una mesa;
Vamos a través de ciertas calles medio desiertas,
Rumorosos asilos
De noches agitadas en hoteles baratos
Y restaurantes de piso de aserrín con cáscaras de ostras:
Calles que se extienden como un argumento tedioso
De insidiosa intención
Que te llevan a una pregunta agobiante...
Oh, no preguntes "¿de qué se trata?"
Vayamos y hagamos nuestra visita.

En el cuarto las mujeres vienen y van
Hablando de Miguel  Ángel.

La niebla amarilla que frota su lomo contra los cristales de las ventanas,
El humo amarillo que frota su hocico en los cristales de las ventanas,
Lamió los rincones de la noche,
Se demoró sobre los charcos de los desagües,
Dejó que cayera sobre su espalda el hollín de las chimeneas,
Se deslizó por la terraza, dio un salto repentino y,
Viendo que era una suave noche de octubre,
Se enroscó alrededor de la casa y se quedó dormido.

Y es verdad que habrá tiempo
Para el humo amarillo que se arrastra por la calle,
Frotando su lomo contra las ventanas;
Habrá tiempo, habrá tiempo
Para componer un rostro que se encuentre con los rostros con los que te encuentres;
Habrá tiempo para asesinar y para crear,
Tiempo para todos los trabajos de los días y de las manos
Que alzan y dejan caer una pregunta en tu plato;
Tiempo para vos y tiempo para mí,
Y tiempo, además, para cientos de indecisiones,
Y para cientos de visiones y de revisiones,
Antes de tomar la tostada y el té.

En el cuarto, las mujeres vienen y van
Hablando de Miguel Ángel.

Ciertamente habrá tiempo
Para preguntar: "¿me atrevo? y ¿me atrevo?"
Tiempo de volver y bajar la escalera,
Con mi círculo de calvicie en medio del pelo -
(Van a decir: ¡"Cómo se le está cayendo el pelo"!)
Mi abrigo matinal, el cuello de mi camisa apretado al mentón,
Mi corbata, fina y modesta pero sujeta con un simple alfiler -
(Van a decir: "¡Qué delgados sus brazos y sus piernas!")
¿Me atrevo a
Perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que en un minuto serán revocadas.

Porque ya las conozco a todas, a todas las conozco:
Conocí los las noches, las mañanas, las tardes,
Medí mi vida con cucharas de café;
Conozco  las voces que agonizan cuando baja la muerte
Solapada en la música de una habitación distante.
¿De qué voy a jactarme?

Y ya conozco  los ojos, los conozco a todos -
Los ojos que te clavan en una frase hecha,
Y, una vez formulado, clavado con un alfiler,
Una vez clavado y retorciéndome en la pared,
¿Cómo podría empezar a escupir los residuos de mis días y costumbres?
¿Cómo podría jactarme?

Y ya conozco todos los brazos, los conozco a todos-
Blancos brazos desnudos, con pulseras,
(Aunque a la luz de la lámpara cubiertos con un vello rubio).
¿Es el perfume de un vestido
Lo que me hace desviarme del tema?
Brazos extendidos sobre la mesa, o envueltos en un chal.
¿Debo jactarme entonces?
¿Y cómo debo  empezar?

¿Diré que anduve, en la oscuridad, por los callejones
Y contemplé el humo que salía de las pipas
De los solitarios en mangas de camisa, asomados a las ventanas?...

Yo debería haber sido un par de pinzas oxidadas,
Dragando los fondos de mares silenciosos.

¡Y la tarde, el anochecer, durmiendo tan apaciblemente!
Alisado por largos dedos.
Dormido... cansado... o fingiéndose enfermo,
Tendido en el piso, acá, entre vos y yo.

¿Tendré, después del té, los pasteles y los helados,
La fuerza para llevar el momento hasta su crisis?
Pero aunque lloré y ayuné, aunque lloré y recé,
Aunque vi mi cabeza (ya ligeramente calva) traída en una bandeja,
No soy un profeta -y eso es lo de menos-
Vi vacilar el momento de mi grandeza,
Vi al eterno lacayo tomar mi abrigo entre risitas
Y, en suma, tuve miedo.

¿Hubiera valido la pena, después de todo,
Después de las tazas, de la mermelada, del té,
Entre la porcelana, en medio de nuestra charla,
Haberle hincado el diente al asunto con una sonrisa,
Haber comprimido el universo en una bola,
Y arrojarla contra alguna pregunta agobiante,
Para decir: "Soy Lázaro, vengo de la muerte,
Vuelvo para contártelo todo, debo contártelo todo"-
Si ella, acomodando la almohada bajo su cabeza,
Dijera: "Eso no es lo que quise decir, en absoluto;
No es eso, en absoluto."?

¿Y hubiera valido la pena, después de todo,
Hubiera valido la pena,
Después de los ocasos, de los patios, de las calles regadas,
Después de las novelas, después de las tazas de té, después de las faldas que se Arrastran por el piso-
Después de esto, y tanto más?
¡Es imposible decir exactamente lo que quiero decir!
Pero, como si una linterna mágica proyectara la estructura de los nervios sobre una Pantalla:
¿Hubiera valido la pena
Si alguien, acomodando un almohadón o arrojando un chal
Y, volviéndose hacia la ventana, dijera:
"No es eso, en absoluto,
Eso no es lo que quiero decir, en absoluto"?

¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni estaba destinado a serlo;
Soy un cortesano, alguien que hace progresar
La acción, que inicia una o dos escenas,
Que aconseja al príncipe; sin duda un instrumento sencillo,
Deferente, satisfecho de ser utilizado,
Político, cauto y meticuloso;
Lleno de grandes frases, aunque un tanto obtuso;
A veces, incluso, casi ridículo-
Casi, a veces, el bufón.

Envejezco... envejezco...
Debería llevar enrollado el ruedo de mis pantalones.

¿Debería peinarme para atrás? ¿Me animo a comer un durazno?
Debería usar pantalones de franela blanca y caminar por la playa.
Escuché a las sirenas cantándose entre ellas.

No creo que canten para mí.

Las vi cabalgando sobre las olas, mar adentro,
Peinando el pelo blanco de las olas hacia atrás,
Cuando el viento sopla sobre el agua blanca y negra.
Nos demoramos en los aposentos del mar,
Con las chicas marinas coronadas de algas rojas y marrones,
Hasta que las voces humanas nos despiertan y nos hundimos


Versión: Isaías Garde




The Love Song of J. Alfred Prufrock



S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma percioche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.


Let us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherized upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question ...
Oh, do not ask, “What is it?”
Let us go and make our visit.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes,
Licked its tongue into the corners of the evening,
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night,
Curled once about the house, and fell asleep.

And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

And indeed there will be time
To wonder, “Do I dare?” and, “Do I dare?”
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair —
(They will say: “How his hair is growing thin!”)
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin —
(They will say: “But how his arms and legs are thin!”)
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.

For I have known them all already, known them all:
Have known the evenings, mornings, afternoons,
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
               So how should I presume?

And I have known the eyes already, known them all—
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
               And how should I presume?

And I have known the arms already, known them all—
Arms that are braceleted and white and bare
(But in the lamplight, downed with light brown hair!)
Is it perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
               And should I then presume?
               And how should I begin?

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? ...

I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep ... tired ... or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter,
I am no prophet — and here’s no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.

And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worth while,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it towards some overwhelming question,
To say: “I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all”—
If one, settling a pillow by her head
               Should say: “That is not what I meant at all;
               That is not it, at all.”

And would it have been worth it, after all,
Would it have been worth while,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
               “That is not it at all,
               That is not what I meant, at all.”

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two,
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.

I grow old ... I grow old ...
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.

Shall I part my hair behind?   Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.

I do not think that they will sing to me.

I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.
We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.

21 nov. 2017

Leonardo da Vinci - Aforismos


Leonardo da Vinci - Aforismos

Es probable que el título de «Aforismos» no haga justicia al contenido de esta obra. Porque lo que en ella se recoge no son sólo sentencias breves sacadas de los escritos de Leonardo da Vinci. Es más, mucho más. Es una amplia recopilación de un tipo de hombre que cada vez existe menos (o que, quizá, ya no existe): el sabio universal, el polímata que no desdeña ningún campo de las ciencias o las artes, el genio que escudriña todos los campos del saber para descubrirlos y añadirles su aporte personal. En esta obra hay textos sobre Dios, sobre la naturaleza, la geología, la psicología, la anatomía del ojo, las ciencias ocultas… Hay fábulas y hay extractos de cartas, hay profecías y hasta hay textos humorísticos. Son las perlas escogidas de un genio inmortal.

Émile Durkheim - El suicidio


Émile Durkheim - El suicidio

Émile Durkheim, dentro del circunscrito marco de referencia de los grandes maestros de la ciencia social, ha sido uno de los que más ha contribuido a configurar esta disciplina como ciencia, delimitando rigurosamente su objeto específico y sus métodos propios. El excesivo énfasis puesto por el autor de El suicidio (1897), obra clásica dentro del campo bibliográfico de la Sociología, en la realidad de la sociedad como algo separado de la realidad de los individuos, lo expuso a la acusación de ensalzar la sociedad como una entidad mítica superior al individuo. Así, el nombre de Durkheim ha sido asociado a ideologías totalitarias. No obstante, una lectura atenta de su obra pone en claro que estas críticas son injustificables y que las oscuridades filosóficas en que incurrió son de menor importancia comparadas con la estimulante claridad de su visión teorética y con la minuciosidad de sus investigaciones empíricas.

Esta nueva edición de El suicidio ha sido completamente revisada y cotejada con el original de la obra, publicado en 1897, ofreciendo al lector un texto nuevo, actualizado y de gran rigor.

Friedrich Nietzsche - Ditirambos Dionisíacos


Friedrich Nietzsche - Ditirambos Dionisíacos

Único libro de poesía que Nietzsche deja publicado, destinado a la imprenta en los días de eclosión de su locura. Su voz tiene en él un tono melancólico y exaltado con base en sus estados anímicos; así, Nietzsche-Dionisios-Zaratustra (sus identidades se aúnan) enuncia su filosofía de modo disperso y alegórico en una expresividad cautivante. En términos nietzscheanos, nos atrae el abismo y ese abismo es Nietzsche mismo.

Immanuel Kant - Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza


Immanuel Kant - Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza

Los Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza ocupan un puesto clave en la filosofía de Kant, la cual se extiende a dos campos bien diferenciados: el del conocimiento teórico y el de la moralidad. La Metafísica de las costumbres aplica a una voluntad defectible los imperativos universales puestos de manifiesto en la Crítica de la razón práctica. Los Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza, cuya traducción y comentario ofrecemos ahora, constituyen el complemento necesario de la Crítica de la razón pura, puesto que al estudio de las condiciones a priori que hacen posible el conocimiento del objeto en general, había que añadir el estudio de las condiciones a priori que posibilitan la matematización del objeto específico de la ciencia de la naturaleza. Se trata aquí, pues, no de una metafísica general del ente sensible implícitamente contenida en la Crítica de la razón pura, sino de una metafísica especial que estudia, a la vez que corrige, los fundamentos filosóficos de la física-matemática newtoniana, a la que Kant consideró como la suprema expresión de la ciencia moderna.

El libro de las mil noches y una noche. Tomo XIII


El libro de las mil noches y una noche. Tomo XIII

Traducción directa y literal del árabe por el doctor J. C. Mardrus. Versión española de Vicente Blasco Ibáñez. Prólogo de E. Gómez Carrillo.

La gran obra de los cuentistas árabes permanecía ignorada, pues sólo se conocían tímidas é incompletas adaptaciones, hasta que ahora la ha traducido y recopilado en las propias fuentes el doctor Mardrus, dedicando años á esta labor inmensa.

Tomo XIII.—Historia de Califa y del califa. Aventuras de Hassán Al-Bassri.

Edith Wharton - Cuentos inquietantes


Edith Wharton - Cuentos inquietantes

Los Cuentos inquietantes aquí reunidos, la mayoría de los cuales han permanecido inéditos en castellano hasta hoy, lo son cada uno a su manera. Algunos se escoran levemente hacia lo sobrenatural, en la línea de los relatos de fantasmas de Henry James, historias en las que el elemento ultraterreno sobrevuela la cotidianidad de modo casi imperceptible: sutilmente invasivo, tan evanescente en ocasiones que la duda atenaza al lector hasta el final provocándole una deliciosa inquietud. En otros cuentos —más desasosegantes si cabe, al prescindir de lo asombroso— el misterio se oculta en la propia mente, en las ambiguas actitudes de personajes que se nos antojan perturbadores gracias a la pericia de la autora para manejarse en los meandros de su psicología. Una auténtica obra maestra de lo oscuro que se esconde tras lo cotidiano.

Eugène Sue - Los misterios de París


Eugène Sue - Los misterios de París

Los misterios de París constituyen una síntesis de los motivos de la novela social. Había tenido precedentes en Las noches de París de Restif de la Bretonne, en el contenido humanitario de algunas obras de George Sand, en la representación del crimen de otras de Soulié y de Balzac, pero Sue introduce por primera vez en ella la representación realista de las miserias del pueblo y la crítica abierta y deliberada de las instituciones, haciéndose eco de las corrientes humanitarias y socialistas de moda después de 1840. Por ello alcanzó esta novela uno de los éxitos literarios más clamorosos; primera afirmación del género, que alcanzará, veinte años más tarde, su más alta expresión artística en Los Miserables de Víctor Hugo. Émulo de Balzac, sin alcanzar nunca la complejidad estilística ni la penetración psicológica de éste, Sue se inserta plenamente en el realismo. La popularidad de que en su tiempo gozaran Los misterios de París, imitados en prosas y en versos de ocasión, en músicas, bailes, grabados, adaptaciones teatrales y cinematográficas, y en una innumerable serie de «Misterios» dentro y fuera de Francia, es hoy apenas concebible.


José Ortega y Gasset - Tomo IV (1929-1933)


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Cuarto, de los nueve tomos, de la edición de la Revista de Occidente.

AA. VV. - La cabeza de la Gorgona y otras transformaciones terroríficas


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Los relatos de autores como Louisa May Alcott, Guy de Maupassant, J. D. Beresford, John W. Campbell Jr., Val Lewton, George Langelaan, Joseph Payne Brennan, Vicente Muñoz Puelles o José María Latorre, inciden en esta idea, pero aportan además su peculiar visión dramática, poética, en torno a cuestiones ligadas a la monstruosidad. Es decir, exploran los oscuros márgenes de lo que es humano, convirtiendo a sus monstruos en aquello de nosotros mismos que no queremos aceptar, que no deseamos ver.