Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

24 may. 2018

Gustav Meyrink - La esfera negra y otros cuentos extraños


Gustav Meyrink - La esfera negra y otros cuentos extraños

Los cuentos que figuran en el presente volumen son una selección de las siguientes obras de Gustav Meyrink, publicadas por Albert Langen en Munich: «Der heise Soldat» (1903), «Orchideen» (1904) y «Das Waschfigurenkabinett» (1907). Fue consultada además, la edición completa aparecida en 1913, en la misma editorial, bajo el título «Des Deutschen Spiessers Wunderhorn».

Luigi Pirandello - La vida desnuda - Cuentos para un año - 1


Luigi Pirandello - La vida desnuda - Cuentos para un año - 1

Publicamos por primera vez en España todos los cuentos que escribió Luigi Pirandello, Premio Nobel de Literatura 1934. Son la parte menos conocida de su producción literaria, pero es la que él más amaba y en la que trabajó desde su adolescencia hasta el final de su vida. Es en los relatos donde Pirandello se muestra más natural e imaginativo y contienen la clave de su gran capacidad para crear personajes. Por la diversidad de temas, estilos y estructuras estos cuentos suponen un fresco, lleno de humor y ternura, de la Italia de la época —especialmente de su Sicilia natal—, que nos hace entender la cultura y la sociedad de aquel país, a la vez que representa la condición humana. Este primer volumen se compone de 59 relatos.

Gustav Janouch - Conversaciones con Kafka


Gustav Janouch - Conversaciones con Kafka

Conversaciones con Kafka es una obra peculiar. Recoge las conversaciones mantenidas entre 1920 y 1924 por el autor del libro (entonces un joven con inclinaciones literarias y artísticas) con Kafka. Esta extraña amistad nace de la relación laboral del padre de Janouch con Kafka (ambos eran funcionarios del Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo) a quien admira y respeta por sus opiniones y comportamiento. De este modo, Janouch tendrá acceso directo al despacho de Kafka los días en que acuda a visitar a su padre, observándole en su entorno laboral y acompañándole de vuelta a su casa en la Plaza Vieja. Según la relación se vuelve más estable, el joven acompañará a Kafka en alguno de sus paseos vespertinos. Este libro nos ofrece una imagen de Kafka algo diferente a la habitual pero, en esencia, totalmente acorde con lo que se sabe de él. Su gravedad y su seriedad a la hora de expresar sus opiniones, sus convicciones sobre el papel de la Literatura en la sociedad o su visión del judío de principios del siglo XX, alejado del gueto pero incapaz de hallar un lugar bajo el sol en el nuevo mundo que está surgiendo son una constante de su pensamiento a través de sus obras de ficción, diarios, correspondencia o estas conversaciones. 

Gombrowicz Witold - Marx



Gombrowicz Witold - Marx


Lunes, 12 de mayo

Marx conoció a Hegel en su juventud, pero a los diecinueve años afirmaba en una carta a su padre que Hegel no le satisfacía.

¿Por qué?

Lo que alejó a Marx de Hegel fue el elemento abstracto, la lógica abstracta.

Es cierto que tomó prestado mucho de Hegel, pero revolucionó el sentido mismo de la filosofía.

Dijo que el problema del filósofo no es comprender el mundo sino cambiarlo.

El hombre está en relación con el mundo exterior.  Tiene necesidad de dominar la naturaleza y ése es su verdadero problema, el resto es puro ringorrango.

Marx afirmaba que la filosofía no debe ser aristocrática, es decir, hecha por hombres al margen de la vida común, sino que debe estar hecha a la medida del hombre medio, del hombre que tiene necesidades y vive en sociedad.

Se puede proceder, decía Marx, a una revisión del pensamiento y de los valores desde arriba hacia abajo.  Lo que proviene de arriba es forzosamente un lujo, un ornamento.  Pero lo que proviene de abajo es la realidad.  Por tanto, hay que ir desde la conciencia inferior a la superior.

De Hegel tomó la idea del devenir en un proceso dialéctico (tesis, antítesis, síntesis).

Siguiendo a Hegel: la idea de la historia que se realiza precisamente a través de antinomias y que es propia del hombre, puesto que os recuerdo que para Hegel la naturaleza es siempre la misma, se repite.  Los planetas giran siempre de la misma forma y la evolución de las especies inferiores, insectos, animales, es extremadamente lenta e invisible.

¿Cómo se presenta el mundo según Marx?

El primer aspecto es su materialismo.  El marxismo es la negación de la religión.  Considera la religión como un producto de los hombres para huir ante el peligro.  Y es un instrumento de la clase superior para dominar a la clase inferior.

El materialismo constituye la negación del idealismo, de toda metafísica, de todo recurso a las ideas.  Para el marxismo, no hay más que la realidad brutal y concreta de la vida.

Segundo aspecto: el marxismo se define por la célebre fórmula: el ser condiciona a la conciencia.

Para un filósofo clásico, la conciencia era algo primario, elemental.  Todo era para la conciencia y nada podía condicionaría.

Marx procede a una nueva reducción de la razón humana.  Se trata de una reducción sociológica del pensamiento.

Las sucesivas reducciones han sido:

1.° reducción [falta una palabra]
2.° reducción antropológica
3.° reducción fenomenológica (Husserl)
4.° reducción sociológica (Marx)
5.° Nietzsche, quien reduce la filosofía a la vida.

Para comprender la evolución del pensamiento conviene conocer estas reducciones.

La reducción sociológica significa que la conciencia está condicionada por la existencia.  Esto significa hacer de la conciencia un instrumento de la vida, que se ha desarrollado gradualmente a partir de la especie más baja mediante un proceso de adaptación, de desarrollo dialéctico, en fin, por un proceso natural, como todo.

Esto significa que la conciencia está en función de nuestras necesidades, de nuestra relación con la naturaleza.  Pero como el hombre no depende solamente de la naturaleza sino también, y sobre todo, de la sociedad, de las condiciones históricas producidas por esta sociedad, la conciencia está formada por dicha sociedad.  Por tanto, la conciencia es ante todo función de la historia humana.

El tercer aspecto: la necesidad crea el valor.  Si os encontráis por ejemplo en el desierto del Sahara, un vaso de agua puede significar para vosotros algo decisivo, pero si estáis en Vence, con el agua del Foux, entonces pierde su valor.

Esta tesis me parece absolutamente justa.

Observaréis que, por ejemplo, está en la base de mi crítica de la pintura y es también contraria a toda anarquía, a todo nihilismo y, en fin, a teorías arbitrarias , existencialistas, según las cuales no es la causa encarnada en una necesidad la que crea el valor, sino los objetivos que se propone el hombre en total libertad.

Por ejemplo, según Sartre, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte.  Para el marxismo, un ser vivo está obligado a elegir la vida y no puede hablarse aquí de libre elección.

La HISTORIA según la interpretación marxista.

La historia de la humanidad proviene de la necesidad de dominar técnicamente la naturaleza.

Ahora bien, la creciente conciencia de la humanidad le ha permitido organizar una sociedad y un Estado que son ante todo un sistema de producción de bienes.

En esta organización, un hombre debe estar sometido al otro de suerte que es a través de la explotación de un hombre por otro como se llega a la acumulación de bienes.  El hombre que forma parte de un grupo está sometido a la ley del grupo que quiere la fuerza, y esta fuerza es la consecuencia de la explotación del hombre por el hombre.  Por ejemplo, el ejército que obedece a un solo hombre a través de los generales, etcétera, o los esclavos, o, en fin, las castas, los diferentes grados en los sistemas feudales, las clases.

Es el hombre quien obliga al hombre a trabajar.

Llegamos así a la noción de base, tan cara a los marxistas.

Esta base es la masa de los explotados.  La clase dominante forma la superestructura que crea la filosofía, la religión, la ley; la que, en una palabra, organiza la conciencia.  Precisamente, todo esto sirve de forma disimulada para mantener la explotación.

La religión, por ejemplo, establece que la autoridad proviene de Dios y los desgraciados de este mundo encontrarán el Paraíso.  El sentido profundo y único de la religión es simplemente el de transferir la justicia al otro mundo.

El cristianismo, que comenzó como una revolución de esclavos en Roma, tuvo sin embargo un elemento metafísico: Dios.  Pero a través de la Iglesia se convirtió en un instrumento de explotación.

Cuando contemplamos la moral reinante, vemos que se trata sobre todo de mantener el derecho a la propiedad y de imponer la moral burguesa al proletariado.

La esencia de la filosofía radica en una actitud contemplativo.  No quiere transformar el mundo. Huye hacia la metafísica.  Es, finalmente, la razón separada de su base, una superestructura que trata de ocultar sus dependencias.  Busca valores absolutos y no se ocupa de las necesidades.  Nuestra ley es un sistema que busca la consolidación del derecho a la propiedad y la explotación.  Podéis ver que el marxismo demuestra la mistificación, de igual modo que el freudismo o Nietzsche.  Esta consiste en demostrar que detrás de nuestros sentimientos «nobles» se ocultan complejos, bajezas y, en fin, la suciedad de la vida.  Uno de los grandes méritos de Nietzsche, quien procedió a una crítica extremadamente perspicaz de las actitudes puras, es haber demostrado que nuestro pensamiento está hecho de la misma materia que el resto de las cosas.

Todo esto nos lleva a descubrir, por decirlo así, la primera naturaleza del hombre.  La segunda es una naturaleza deformada por los hombres, por las necesidades de este sistema de explotación llamado sociedad, y cuyo objetivo es el de producir bienes sirviéndose de los demás hombres.  Estamos en un sistema económico que deforma nuestra conciencia.

Habéis visto cómo la religión, la moral, la filosofía y la ley están hechas para mistificar y para mantener al esclavo en su esclavitud.

Con ello llegamos a la famosa teoría de la plusvalía.

Los capitalistas, es decir, los miembros de la clase superior, compran el trabajo como si fuera una mercancía, por tanto, al mejor precio posible.  Este mejor precio representa solamente aquello de lo que el obrero tiene necesidad para alimentarse y para engendrar hijos.

La Plusvalía se forma, pues, porque el obrero produce mucho más que lo que se le paga; el resto va a parar al capitalismo.

El obrero produce siempre más que lo que se le paga.

Esto es la plusvalía.  El trabajo del obrero está sometido, como todas las mercancías, a la famosa ley económica de Adam Smith según la cual, si la oferta es mayor que la demanda, el valor de la mercancía baja.

Esta es la ley que explica el proceso de la devaluación.  Para frenar la devaluación hay que aumentar la oferta, es decir, la producción.

Si se devalúa la moneda, cada vez hacen falta más pesetas.  Como la Plusvalía va al bolsillo del capitalista, pues bien, los obreros, al ser pobres, tienen que ofrecer su trabajo a precios cada vez más bajos.  Así es como se produce la devaluación del trabajo y el aumento del capital, que es una fuerza anónima, al margen de lo humano: lo que produce la famosa alienación.

El hombre alienado, es decir, que no puede ser él mismo, está obligado a servir de máquina en lugar de llevar una vida normal.

Esta teoría es hermosa, pero en mi opinión no es aplicable al capitalista.

El capital sirve para crear otras riquezas, pero esta explotación del hombre por el hombre no se lleva a cabo precisamente para la felicidad del individuo.  El capitalismo no aprovecha únicamente al capitalista, pues si éste pretende devorar su dinero, no puede comprarse más de cien sombreros, un yate, etcétera, al año.  El resto de su dinero, ¿adónde va a parar?  A otras fábricas, otras industrias, etcétera, y de esta forma la pujanza técnica de la humanidad se hace cada vez mayor.  Esta explotación del hombre por el hombre es una necesidad fundamental del progreso humano, que resulta extremadamente difícil para el individuo.

Y ahora, pasemos a los «caramelos», es decir, a la  Revolución.

El capitalismo tiene esta particularidad: el gran capital devora al más pequeño y se concentra en un grupo muy reducido de hombres.  Marx preveía que a causa de esta evolución del capital, por una parte se formaría un reducido grupo de millonarios y, por otra, una masa enorme de proletarios que (frase incompleta).

Y de esta forma se producirá la revolución proletaria, que es una necesidad inevitable.

¿Adónde ha llegado el marxismo en 1969?

La gran crisis del marxismo proviene sencillamente del hecho de que -la situación en el Este lo ha demostrado- se trabaja mal y se produce muy poco. ¿Por qué?  La vida es ruda; si no se obliga a los hombres a trabajar, naturalmente no trabajarán.

La paradoja, y es una paradoja que salta de tal manera a la vista que hace falta toda la mala fe . de cierta izquierda para no darse cuenta, quiere que el único país del mundo que casi ha liquidado al proletariado, salvo entre los negros, sean los gloriosos Estados Unidos, es decir los capitalistas.  Los socialistas, en cambio, están en bancarrota por todas partes por la sencilla razón de que nadie tiene interés ni en producir ni en obligar a los demás a hacerlo, puesto que no hay ningún interés en juego.

Hoy en día la única esperanza de los comunistas es que el comunismo vaya mejor en los países altamente desarrollados, lo que no es más que un cuento, ya que basta que hable cinco minutos con mi masajista para ver que esto es del todo imposible, pues el hombre se hace aún más egoísta en una sociedad rica que en una sociedad pobre.

Los chinos. ¡Puro estalinismo!  Cada chino, en los reportajes sobre China, grita como un soldado.  Es de pánico.

La producción china ha aumentado a ojos vistas, ¡pero en absoluto como se pensaba!  Los últimos años han representado un gran desencanto.

El marxismo da esperanzas a los desposeídos.

El pensamiento marxista ha servido sobre todo para desenmascarar (frase incompleta), pero en general todo el pensamiento filosófico es utópico y no conduce a nada.

A mi juicio, la cuestión marxista ha sido absolutamente mal planteada, porque lo ha sido desde el punto de vista moral de la «justicia».  Pero el verdadero problema no es moral, es económico.  La prioridad es aumentar la riqueza; la distribución de las riquezas es algo secundario.

Se plantea la cuestión desde el punto de vista moral porque, naturalmente, es más fácil, y ello permite pronunciar hermosas frases.

Vemos por ejemplo que en Occidente el sistema capitalista ha conseguido aumentar enormemente la producción, sobre todo gracias a la técnica, de suerte que el nivel de vida de todo el mundo ha aumentado, mientras que con las frases más bonitas no se llega a nada de nada.  La producción baja.  Todo queda al mismo nivel y todo se adormece en la burocracia y el anonimato.

Hay algo elemental: si permitís desplegar a los hombres toda su energía y su inteligencia, uno dominará a la fuerza al otro, uno será superior al otro.  Pero de este modo, obtendréis. una enorme cantidad de energía, mientras que si queréis la igualdad entre los hombres , entonces, naturalmente, tendréis que frenar esta posibilidad de superioridad.

¿El porvenir del marxismo?

Supongo que dentro de veinte o treinta años el marxismo será puesto de patitas en la calle.

Si la clase superior sigue siendo tan estúpida y ciega como es ahora, y si abandona el poder a las masas, hay que prepararse para un periodo de regresión que durará hasta la producción de una nueva clase superior fuerte.  Pero si la derecha aguanta firme y no se deja imponer esta «mala conciencia» que caracteriza justamente a los marxistas, pues bien, el asunto puede resolverse con un enorme progreso galopante de la técnica que, según mis cálculos aproximados, puede transformar de forma radical el mundo en el plazo de veinte o treinta años.  Tendremos alitas para volar...

El fascismo es una revolución a contrapelo.

El gran defecto de la clase superior es el de ser esencialmente una clase de consumidores.  Por consiguiente, está habituada a las comodidades, se vuelve perezosa, delicada, y degenera.  Pero ahora la clase superior está compuesta cada vez más por ingenieros, productores, científicos e intelectuales; por fin personas que trabajan.

Noto un abuso del lenguaje de la izquierda, que ha hecho del fascismo algo terrorífico.  Así, la palabra «trabajador» no significa un médico que trabaja duramente de la mañana a la noche, sino que significa un barrendero de la calle que trabaja cinco minutos y después mira la pared, etcétera.  Veis que hasta el lenguaje ha sido falsificado.

Los izquierdistas son imperialistas.  Hay una cosa que no comprenden: que son aristócratas, y lo primero que hará la revolución será liquidarlos, como hicieron en Polonia.

Según el marxismo, nos encontramos ante una humanidad deformada.  La explotación es la fuente de la fuerza.  Nuestra conciencia está deformada porque se ha adaptado a un sistema de explotación que no quiere confesar.

El marxismo es una tentativa de desmitificación.

En un sentido filosófico, el marxismo no propone una idea precisa del mundo, sino sólo una liberación de la conciencia para que pueda reaccionar de una forma auténtica y no deformada ante el mundo y el hombre.


En Curso de filosofía en seis horas y cuarto



Julio Cortázar - Graffiti



Julio Cortázar - Graffiti




A Antoni Tàpies

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar los graffiti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término graffiti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado estaba verdaderamente el miedo; quizá por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien por si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer en un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garaje, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas ralearon en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi enseguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando la vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella ahí en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso una espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más que a morderte las manos, a pisotear las tizas de colores antes de perderte en la borrachera y el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste al placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste a mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaba a las patrullas urbanas de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste el otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violeta de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé, ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.



En Queremos tanto a Glenda



Antón Chéjov - Consejos a un escritor



Antón Chéjov - Consejos a un escritor


A Alexéi M. Peshkov (Máximo Gorki). Yalta, 3 de diciembre de 1898

Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "En la estepa crece" con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento.

¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así?

Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. [...] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene usted? No lo conozco, no sé de dónde es ni quién es, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.


A Mijail P. Chéjov, Taganrog, 6 y 8 de abril de 1879

Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stow [novelista norteamericana, autora de La cabaña del tío Tom] te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don Quijote y Hamlet, de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee La fragata Palas, de Goncharov.


A Dmitri V. Grigoróvich, Moscú, 28 de marzo de 1886

Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. [...]

Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado “círculo literario”. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón. La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres [“El que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”] nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí. Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo... He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado. [...]

Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de “abandonar la ciudad en 24 horas”, esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado... Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo tendría... Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo... No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí. Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.

No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde: la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un pseudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio. No me gusta nada mi libro [Cuentos abigarrados se publicó bajo el pseudónimo de Antosha Chejonté]. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado. La esperanza está en el futuro. Sólo tengo 26 años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa. Le pido disculpas por esta carta tan larga. [...] Con profundo y sincero respeto y agradecimiento.


Imagen: © Bettmann/CORBIS


Charles Bukowski - Los asesinos


Charles Bukowski - Los asesinos


Harry acababa de abandonar la carga de camiones, se había largado porque no podía aguantar más, y ahora iba bajando por la calle Alameda hacia el bar Pedro's para tomarse una taza de café de a níquel. Era de madrugada pero él recordaba que solían abrirlo a las cinco de la mañana. Te podías sentar en Pedro's un par de horas por un níquel. Podías pensar un rato. Podías hacer memoria de las cosas que habías hecho mal, o las que habías hecho bien.

Estaba abierto. La chica mexicana que le sirvió el café le miró como si fuera un ser humano. Los pobres sabían de la vida. Una buena chica. Bueno, una chica bastante agradable. Todas ellas significaban problemas. Cualquier cosa significaba problemas. Recordaba una frase que había oído en alguna parte: La Definición de la Vida es Problemas.

Harry se sentó en una de les desvencijadas mesas. El café era bueno. Treinta y ocho años y estaba acabado. Miró fijamente el café y recordó las cosas que había hecho mal -o bien-. Simplemente se había cansado del juego idiota de los seguros, de las pequeñas oficinas y altos compartimientos de cristal, de los clientes; simplemente se había cansado de estar engañando a su esposa, de que ella le engañara a él, de apretujar secretarias en los ascensores y pasillos; se había cansado de las fiestas de Navidad y las fiestas de Año Nuevo y de los cumpleaños, y pagos de plazos de coches nuevos, y pagos de muebles, y luz, y gas, y agua -todo el condenado tinglado de necesidades.

Se había cansado y lo había abandonado, eso era todo. El divorcio llegó lo suficientemente pronto y la bebida llegó lo suficientemente pronto y, de repente, se vio fuera. No tenía nada, y descubrió que tampoco era muy bonito no tener nada. Era otro tipo de carga insoportable. Si por lo menos hubiera otros caminos más agradables. Parecía como si sólo hubiese dos elecciones: vivir dentro de la carrera de atropellos o ser un marginado hundido.

Mientras Harry levantaba la mirada, un hombre se sentó enfrente de él, también con una taza de café. Aparentaba tener alrededor de cuarenta años. Iba vestido tan pobremente como Harry. Lió un cigarrillo, y mientras lo encendía miró a Harry.

- ¿Cómo va?

- Esa es una buena pregunta -dijo Harry.

- Sí, ya lo creo que sí.

Allí sentados bebieron su café.

- Un hombre se pregunta cómo ha podido caer aquí.

- Sí, dijo Harry.

- Por si interesa, mi nombre es William.

- Yo me llamo Harry.

- A mí me puedes llamar Bill.

- Gracias.

- Tienes una cara como si hubieses llegado al final de algo.

- Sólo pasa que estoy cansado de estar marginado y de estar pasado. Estoy hecho una mierda.

- ¿Quieres volver a la sociedad, Harry?

- No, no es eso. Pero me gustaría salirme de todo esto.}

- Está el suicidio.

- Lo sé.

- Escucha -dijo Bill- lo que necesitamos es un poco de pasta fácil para tener un respiro.

- Sí, claro. ¿Pero cómo?

- Bueno, tiene sus riesgos.

- ¿Como qué?

- Yo solía hacer robos en casas. No está mal. Ahora podría tener un buen compañero.

- De acuerdo, estoy dispuesto a intentar lo que sea. Estoy ya enfermo de judías aguadas, rosquillas de una semana, el albergue de la Misión, las lecturas de la biblia, los ronquidos…

- Nuestro principal problema es cómo llegar a donde podamos actuar.

- Yo tengo un par de pavos.

- Está bien, nos encontraremos a medianoche. ¿Tienes un lápiz?

- No.

- Espera, pediré uno prestado.

Bill volvió con un trozo de lápiz. Cogió una servilleta y escribió en ella.

- Coges el autobús de Beverly Hills y le dices al conductor que te deje aquí ¿ves? Entonces caminas dos manzanas hada el norte. Yo estaré esperando. ¿Lo harás?

- Estaré allí.

- ¿Tienes mujer, tío? -preguntó Bill.

- La tuve -contestó Harry.

Hacía frío aquella noche. Harry bajó del autobús y subió las dos manzanas hacia el norte. Estaba oscuro, muy oscuro. Bill estaba allí fumando un cigarrillo liado. No estaba muy a la vista, estaba apoyado en un gran arbusto.

- Hola, Bill.

- Hola, Harry. ¿Estás listo a empezar tu nueva y lucrativa carrera?
- Estoy listo.

- Muy bien. He estado echando una ojeada por estos lugares. Creo que he elegido un buen sitio. Aislado. Huele a dinero. ¿Estás asustado?

- No. No estoy asustado.

- Perfecto. Ten sangre fría y sígueme.

Harry siguió a Bill por la acera a lo largo de una manzana y media, entonces Bill se metió entre dos arbustos que daban a un gran jardín con césped. Caminaron sigilosamente hacia la parte trasera de la casa, un gran chalet de dos pisos. Bill se paró en una ventana. Entreabrió la persiana con su cuchillo, entonces escucharon inmóviles. No se oía ni una mosca. Bill desmontó la persiana y la quitó. Empezó a trabajar en la ventana. Estuvo manipulando en la ventana por largo rato y Harry empezó a pensar: Dios, estoy con un aficionado. Estoy con una especie de loco. Entonces se abrió por fin la ventana y Bill subió por ella. Harry pudo ver su culo colarse dentro bamboleando. Esto es ridículo, pensó. ¿Hacen esto los hombres?

- Vamos, entra -le dijo Bill en voz baja.

Harry trepó hasta dentro. Olía de verdad a dinero, y a barniz de muebles.

- Cristo, Bill. Ahora sí que estoy asustado. Esto no tiene sentido.

- No hables tan alto. Tú quieres librarte de esas judías aguadas, ¿no?

- Sí.

- Bueno, entonces sé un hombre.

Harry se quedó quieto mientras Bill abría lentamente cajones y metía cosas en sus bolsillos. Parecía que estaban en un comedor. Bill se estaba llenando los bolsillos de cucharas, cuchillos y tenedores.

¿Cómo vamos a sacar algo con eso?, pensó Harry.

Bill siguió metiéndose los cubiertos de plata en los bolsillos de su abrigo. Entonces se le cayó un cuchillo. El suelo era duro, sin alfombra, y el sonido se produjo fuerte y claro.

- ¿Quién anda ahí?

Bill y Harry no contestaron.

- ¡Dije que quién anda ahí!

- ¿Qué pasa, Seymour? -dijo una voz femenina.

- Me ha parecido oír algo. Algo me ha despertado.

- ¡Oh, duérmete!

- No. He oído algo.

Harry escuchó el sonido de una cama y a continuación los pasos de un hombre. El hombre entró por la puerta del comedor y se encontró con ellos. Iba con un pijama, era un hombre joven, de unos 26 o 27 años, con el pelo largo y una perilla.

- Muy bien, vosotros, capullos, ¿qué estáis haciendo en mi casa?

Bill se volvió hacia Harry.

- Entra en el dormitorio. Seguro que hay un teléfono allí. Asegúrate de que ella no lo utilice. Yo me ocupo de éste.

Harry se fue hacia el dormitorio, vio la puerta, entró, vio a una chica rubia de unos 23 años, con el pelo largo y suelto, con un camisón de fantasía, sus pechos transparentándose a través de él. Había un teléfono en la mesita de noche y ella no estaba utilizándolo. Se llevó asustada el dorso de la mano a la boca. Estaba erguida en la cama.

- No grite -dijo Harry- o la mato.

Se quedó allí de pie mirándola, pensando en su propia mujer, pero nunca en la vida había tenido una mujer como aquélla. Harry empezó a sudar, sentía vértigo, se miraban fijamente el uno al otro.

Harry se sentó en la cama.

- ¡Dejad tranquila a mi mujer, si no os mataré! -dijo el joven. Bill acababa de entrar con él. Lo llevaba agarrado por el cuello con su cuchillo apoyado en medio de la espalda.

- Nadie va a hacer daño a tu mujer, tío. Sólo dinos dónde tienes tu apestoso dinero y nos iremos.

- Te he dicho que todo el que tengo está en mi cartera.

Bill apretó su brazo contra el cuello y clavó el cuchillo un poco más. El joven hizo una mueca de dolor.

- Las joyas -dijo Bill-, llévame a donde estén las joyas.

- Están arriba…

- Muy bien. ¡Llévame allí!

Harry vio cómo Bill se lo llevaba fuera. Harry siguió mirando fijamente a la chica y entonces ella le miró. Unos ojos azules, con las pupilas dilatadas de terror.

- No grite -le dijo- o la mato. ¡Así que pórtese bien o la mato!

Ella estaba paralizada, sus labios empezaron a temblar. Eran del más puro rosa pálido, y entonces, la boca de Harry se pegó a la suya. Estaba bebido y su boca sucia, rancia; la de ella era blanda, fresca, delicada, temblorosa. El la cogió de la cabeza con sus manos, apartó la suya hacia atrás y la miró a los ojos.

- Tú, puta -dijo-. ¡Tú, maldita puta!

La besó de nuevo, más fuerte. Cayeron juntos en la cama, bajo el peso de Harry. El se estaba quitando los zapatos, manteniéndola sujeta debajo suyo. Empezó a quitarle las bragas, bajándoselas a lo largo de las piernas, todo el tiempo sujetándola y besándola.

- Tú, puta, condenada puta…

- ¡Oh NO! ¡Cristo, NO! ¡Mi mujer NO, cabrones!

Harry no los había oído entrar. El joven dio un grito. Luego Harry oyó un gorgoteo sordo. Se incorporó y miró a su alrededor. El joven estaba en el suelo con la garganta cortada; la sangre surgía rítmicamente a borbotones que iban encharcando el suelo.

- ¡Lo has matado! -dijo Harry.

- Estaba gritando.

- No tenías por qué matarlo.

- No tenías por qué violar a su mujer.

- Yo no la he violado y tú lo has matado.

Entonces ella empezó a gritar. Harry le tapó la boca con su mano.

- ¿Qué vamos a hacer? -preguntó.

- Vamos a matarla también. Es un testigo.

- Yo no puedo matarla -dijo Harry.

- Yo la mataré -dijo Bill.

- Pero no deberíamos desperdiciarla así.

- Bueno, pues ve y tómala.

- Ponle algo en la boca.

- Ya me ocupo de eso -dijo Bill. Cogió un pañuelo de la cómoda y lo introdujo en la boca de la chica. Luego rasgó la funda de la almohada en tiras y la amordazó.

- Vamos, tío, empieza.

La chica no se resistió. Parecía encontrarse en estado de coma.

Cuando Harry acabó, Bill se montó encima de ella y la poseyó también. Harry miró. Esto era. Era así allí y en el resto del mundo. Cuando un ejército conquistador entraba en las ciudades, poseían a las mujeres. Ellos eran el ejército conquistador.

Bill acabó y se levantó.

- Mierda, esto sí que estuvo bien.

- Escucha, Bill, vamos a dejarla viva.

- Hablará. Es un testigo.

- Si le perdonamos la vida, no hablará. Esa será nuestra condición.

- Hablará. Conozco la naturaleza humana. Más tarde hablará.

- ¿Para qué va a decir nada a gente que hace lo mismo que nosotros? Y en caso de que hablara ¿por qué no va a hacerlo, después de lo que hemos hecho?

- Eso es lo que quiero decir -dijo Bill-. ¿Para qué dejarla viva?

- Vamos a preguntarle. Vamos a hablar con ella. Vamos a preguntarle qué piensa.

- Yo sé lo que piensa. La voy a matar.

- Por favor, no lo hagas, Bill. Vamos a mostrar un poco de decencia.

- ¿Mostrar un poco de decencia? ¿Ahora? Es demasiado tarde. Si hubieses sido lo suficientemente hombre como para haberte guardado tu estúpida polla lejos de ella…

- No la mates, Bill, no puedo… soportarlo…

- Vuélvete de espaldas.

- Bill, por favor…

- ¡Te digo que te vuelvas de espaldas, imbécil!

Harry se dio la vuelta. No pareció que hubiera el menor sonido. Los minutos pasaron.

- ¿Bill, lo has hecho?

- Lo he hecho. Date la vuelta y mira.

- No quiero mirar. Vámonos. Vámonos de aquí.

Salieron por la misma ventana que habían entrado. La noche estaba más fría que nunca. Bajaron por la parte oscura de la casa y salieron a la calle a través del seto.

- ¿Bill?

- ¿Sí?

- Ahora me siento bien, como si no hubiese pasado nunca.

- Pero pasó.

Fueron caminando hacia la parada del autobús. Los servicios nocturnos pasaban muy de tarde en tarde, probablemente tendrían que esperar cerca de una hora. Llegaron a la parada y se examinaron mutuamente en busca de manchas de sangre y, extrañamente, no encontraron ninguna. Liaron dos cigarrillos y se pusieron a fumar.

Entonces Bill, de repente, escupió su pitillo.

- Maldita sea. Maldita suerte la nuestra.

- ¿Qué pasa, Bill?

- ¡Nos olvidamos de coger su cartera!

- Oh, mierda -dijo Harry.


En Se busca una mujer


Li Po - Baladas de las cuatro estaciones



Li Po - Baladas de las cuatro estaciones


Primavera


A la orilla azul del agua,
la doncella Lo Fu, del país Qin,
recoge moras.
Sus manos blancas brillan
entre las verdes hojas.
Bajo el fulgor del sol,
luce aún más radiante su ropa de grana.
«Tengo que irme —dice—,
mis gusanos de seda tienen hambre.
Y usted, con sus cinco caballos,
no demore en volver a casa».


Verano


En el extenso lago del Espejo,
los lotos florecen alegremente.
Es mayo. La bella Xi Shi los recoge.
En ambas orillas, se aglomera
una multitud para contemplarla.
Su barca regresa
sin esperar el claro de luna
y se desliza
hasta el palacio del rey de Yue.


Otoño


La ciudad de Changan se baña en luces de luna.
Se golpea la ropa en miles de casas.
La brisa otoñal no puede barrer.
Las añoranzas del Paso de Jade.
¡Ay! ¿Cuándo derrotarán a los invasores tártaros?
¿Cuándo tornará el amado del campo de batalla?


Invierno


Mañana partirá el correo a la frontera.
Ella cose toda la noche un abrigo de soldado.
Trabajando con la frígida aguja,
sus finos dedos están helados,
y apenas pueden manejar las tijeras.
¡Ay! ¿Cuándo llegará el envío a manos del amado?


En Poemas
Traducción: Guojian Chen


23 may. 2018

Philip Roth - Nuestro castillo


Philip Roth - Nuestro castillo


Como tantos otros ciudadanos perplejos, en los últimos días he buscado algo que me ayude a comprender la última sacudida que ha sufrido el sistema político y la conciencia nacional, el «perdón total, libre y absoluto» concedido por el presidente Ford al ex presidente Nixon, «por todas las ofensas contra Estados Unidos». Pues bien, ¿dónde estamos? Se me ha ocurrido pensar que, al menos de momento, y tal vez en los próximos años, estamos en algo así como el mundo de El castillo de Kafka.

Sin duda las novelas de Franz Kafka El castillo y El proceso han llegado a proporcionar un modelo que con frecuencia está manido o mal aplicado. A nivel popular, las novelas han dado lugar a una palabra, «kafkiano», que ahora se aplica indiscriminadamente a casi cualquier acontecimiento desconcertante o de una opacidad desacostumbrada que no es posible traducir con facilidad a las simplificaciones al uso. Ciertamente «kafkiano» nunca ha parecido, hasta ahora, un término que podría ayudar a comprender perceptiblemente los años del Watergate, aunque los personajes y acontecimientos que han surgido a lo largo del camino hayan compartido esa misteriosa mezcla, antes asociada a los sueños, de lo serio y lo extravagante, lo aterrador y lo ridículo, que da a las novelas de Kafka su especial resonancia y prominencia.

De manera similar, el intento de determinar la culpabilidad del presidente Nixon no tiene mucho que ver, en términos estrictos, con el aprieto en que se encuentra Joseph K., el acusado aislado de El proceso. Nixon defendió su inocencia con una vehemencia similar, y su talento para el autoengaño y la lástima de sí mismo sin duda le permitió verse en un apuro muy parecido al de Joseph K., tal como se describe en la frase inicial de El proceso: «Posiblemente algún desconocido había calumniado a [Richard N.], pues sin que éste hubiese hecho nada punible, fue detenido una mañana». Sin embargo, al contrario que el héroe condenado de Kafka, el ex presidente jamás careció del poder para desafiar y obstruir a los tribunales que le llamarían ajuicio. Y el «fin» que el presidente Ford nos ha dicho que «debemos escribir» para los sufrimientos de Richard N. es el mismo que eludió al pobre Joseph K., pese a sus esfuerzos igualmente fervientes de llevar su propio caso a esa misma conclusión.

Y, no obstante, es este final que no parece kafkiano el que ahora ha dado al Watergate su dimensión kafkiana. El presidente Ford, tan meticuloso con respecto al cierre del caso Watergate («Mi conciencia me dice que, como presidente, tengo el poder constitucional de cerrar con firmeza y sellar este libro»), en realidad, como un Kafka de hoy, ha imaginado un capítulo final integrado por completo en la tradición literaria modernista que desdeña los desenlaces convencionales y los juicios clarificadores, a los que considera nanas infantiles, e insiste en lo incomprensible, lo impenetrable, en todo cuanto es tediosamente ambiguo. Que los asuntos humanos se pueden resolver y controlar, e incluso, en un grado considerable, comprender, es una idea incompatible con la imaginación del bondadoso presidente natural del Medio Oeste, como lo era para el deprimido y atormentado judío de Praga. Parece ser que ahora escribir relatos hace compañeros de cama todavía más extraños que la política. ¡Kafka! Deberías vivir en este tiempo: la Casa Blanca tiene necesidad de un nuevo secretario de prensa.

Tal como lo veo, hay todavía otra reveladora dimensión kafkiana del Watergate, ahora que el presidente Ford ha escrito su versión del «fin», y es la enormidad de la frustración que ha arraigado en Norteamérica desde el Domingo Compasivo, la sensación de desperdicio, futilidad y desesperanza que ahora acompaña a los monumentales esfuerzos requeridos tan sólo para empezar a descubrir la verdad. Y junto con la frustración, la angustiosa decepción de no encontrar en la sede del poder razón ni sentido común ni tino —ni, por supuesto, caridad o valor—, sino ignorancia moral, autoridad que mete la pata y juicio arbitrario y estúpido.

Es como si al público norteamericano, que durante una década ha tenido que adoptar un papel penoso o degradante tras otro (huérfanos de Kennedy, patriotas de Johnson, peleles de Nixon), le hubieran asignado ahora el papel del agrimensor K. en El castillo de Kafka. En esta novela, el agrimensor, lleno de esperanza y energía, entra en un pueblo bajo la jurisdicción de una burocracia laberíntica cuyo cuartel general es un castillo bastante inaccesible que domina el paisaje. ¡Qué ansioso está el agrimensor por obtener el permiso del jefe de la burocracia del Castillo, un tal señor Klamm, cuya competencia no es posible determinar, para ponerse a trabajar y llevar una existencia social con una finalidad determinada! ¡Qué dispuesto está a hacer cuanto le sea posible para tener una relación amistosa con las fuerzas vivas, por imperfectas que sean! Sus primeras horas en el pueblo del Castillo hacen pensar en la conmovedora atmósfera que imperaba por estos pagos durante los treinta días de luna de miel con nuestro propio señor Klamm. ¡Qué dispuesto! ¡Qué ansioso! Y qué inocente.

Pues, pese a toda la voluntad del mundo por hacer el trabajo, lo que el agrimensor descubre es que no puede, que el Castillo no le deja. A cada momento se ve bloqueado por unas autoridades cuyos inescrutables edictos y extravagantes decretos le obligan, pero cuyos motivos y métodos desafían cada uno de sus esfuerzos por encontrarles sentido. Y que el Klamm que dirige la desconcertante operación no sea un delincuente no hace las frustraciones del agrimensor menos enervantes para el cuerpo y el espíritu.

En Lecturas de mí mismo