22 mar. 2017

Jean Paul - Alba del nihilismo


Jean Paul - Alba del nihilismo

Textos inquietantes, desbordantes de fantasía y de imaginación, una increíble pirotecnia verbal y el más sombrío de los romanticismos. Las visiones de Johann Paul Friedrich Richter, más conocido como Jean Paul (1763-1825), figura decisiva en la construcción de la literatura alemana, y por extensión de la europea, abrieron como pocas la mente al terror del sinsentido, al espanto de un mundo azaroso y sin finalidad. De ahí la conveniencia de presentarlas como los profesores Fabris y Pöggeler hacen en esta edición, con todo el rigor del marco cultural y reflexivo que no sólo les dio valor en su tiempo, sino que también las hace indispensables en todo debate filosófico (y teológico) que se quiera radica.

Lewis Carroll - El juego de la lógica


Lewis Carroll - El juego de la lógica

Es frecuente que los lectores de «Alicia en el País de las Maravillas» y «A Través del Espejo» queden sorprendidos, como dicen que le sucedió a la reina Victoria, al averiguar que Lewis Carroll no era sino el sobrenombre literario de Charles Dogson (1832-1895), diácono de la Iglesia de Inglaterra, profesor de matemática y ciudadano de vida circunspecta y ordenada.

Son varias las interpretaciones ofrecidas para explicar las relaciones entre esas dos personalidades en apariencia tan alejadas. Para Alfredo Deaño, prologuista y organizador de este volumen, fue precisamente el campo de la lógica la encrucijada elegida por Dogson-Carroll para que la fabulación y las matemáticas llevaron a cabo la contradictoria tarea de aunar la ciencia del sentido y el flujo del sinsentido.

El juego de la lógica reúne pruebas para fundamentar esta hipótesis: en los capítulos tomados de los libros de lógica, la neurosis del victoriano conformista, transferida a las construcciones mentales, muestra como el rigor de la inferencia puede desembocar en la locura; en la paradoja de los tres peluqueros y el debate entre Aquiles y la tortuga, la mentalidad del matemático plantea con sorprendente lucidez algunos problemas claves de la lógica moderna.

Johann Wolfgang von Goethe - Las afinidades electivas


Johann Wolfgang von Goethe - Las afinidades electivas

En Las afinidades electivas, una novela a caballo entre el clasicismo y el romanticismo, el matrimonio formado por Eduard y Charlotte ve su idílica y armónica existencia sacudida por la aparición de Ottilie, joven protegida de Charlotte, y el capitán, un amigo de juventud de Eduard. La lealtad, la fidelidad, las afinidades, el deseo y el fantasma del adulterio se dan cita en la trama de este magnífico libro, cuya modernidad y lucidez a la hora de examinar las relaciones humanas continúan siendo sobrecogedoras.

Siguiendo la canónica edición dispuesta por las dos doctas eminencias del estudio de la obra de Goethe, Waltraud Wiethölter y Christoph Brecht, el presente volumen recoge también la encomiable traducción del ensayista José María Valverde. De este modo, ofrecemos al lector una edición extraordinaria que facilita la lectura tanto al lector eventual como al estudioso obstinado.

Horacio Quiroga - Sobre el arte de contar historias


Horacio Quiroga - Sobre el arte de contar historias

Con la publicación de estos ensayos (1922-1930), Horacio Quiroga buscó explorar el «problema de la literatura». De la ajena y de la propia, porque, como pensaba Borges, leer es una manera de crear, y en él la lectura no fue enciclopédica, ni siquiera muy vasta, sino que constituyó una auténtica profesión de fe, la elección de un trayecto ficcional del que dejó testimonio irrrecusable.

No debe descartarse, en estos textos, una fuerte dosis de humor e ironía (como en su «defensa» frente a los jóvenes vanguardistas), pero por encima de ella la reflexión, la búsqueda de racionalizar el acto creativo, en la que destaca su agudeza, penetración y dominio de la poética del cuento que con tanto magisterio ejerció.

Marco Polo - Libro de las maravillas del mundo


Marco Polo - Libro de las maravillas del mundo

Cuando el veneciano Marco Polo emprendió a finales del siglo XIII el viaje más fascinante que se haya realizado jamás, era muy poco lo que en Occidente se sabía de Asia. Por eso la mirada del viajero se pasea, asombrada, por la fabulosa civilización china, y nos describe sus peculiares costumbres, sus preciadas manufacturas, sus avances científicos, sus fantásticas leyendas, su exótica comida… En compañía de su padre Nicolò y su tío Maffeo, Marco Polo recorrió miles de kilómetros por escarpadas sendas y ásperos desiertos, a lo largo de los cuales los viajeros hubieron de enfrentarse a bandidos que los asaltaron y a voces fantasmales que pretendían extraviarlos para acabar con sus vidas. Tras llegar a la corte del Gran Kan, Marco Polo se puso al servicio «del hombre más poderoso del mundo» y tuvo la oportunidad de conocer buena parte de China, un país que lo deslumbró por la abundancia de sus riquezas, sus pintorescos hábitos y los hombres y animales prodigiosos que habitaban algunas de sus regiones. Cuando Marco Polo regresó a Venecia tras veinticinco años de ausencia, sus compatriotas apenas daban crédito a tantas maravillas como les describió: «Pues no he contado ni la mitad de las cosas extraordinarias de las que he sido testigo», se dice que afirmó.

Voltaire - Contra el fanatismo religioso


Descarga: Voltaire - Contra el fanatismo religioso

Este libro condensa los argumentos clave contra la intolerancia que Voltaire elaboró en su Tratado sobre la tolerancia con motivo del caso Calas. Las razones y conclusiones de Voltaire eran tan válidas entonces como lo son hoy, y la pertinencia de este texto resulta inquietante.

A lo largo de la historia, algunos libros han cambiado el mundo. Han transformado la manera en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Han inspirado el debate, la discordia, la guerra y la revolución. Han iluminado, indignado, provocado y consolado. Han enriquecido vidas, y también las han destruido.

Soren Kierkegaard - Temor y temblor


Soren Kierkegaard - Temor y temblor


Cuando yo haya muerto bastará mi libro Temor y Temblor para convertirme en un escritor inmortal. Se leerá, se traducirá a otras lenguas, y el espantoso pathos que contiene esta obra hará temblar. Pero en la época en que fue escrita, cuando su autor se escondía tras la apariencia de un flâneur, presentándose como la más perfecta encarnación de la conjunción entre extravagancia, sutileza y frivolidad... nadie podía sospechar la seriedad que encerraba este libro ¡Qué estúpidos! Pues nunca como entonces hubo mayor seriedad en aquella obra: precisamente las apariencias constituían la auténtica expresión del horror. Si quien lo había escrito hubiese dado muestras de comportamiento serio, el horror habría disminuido de grado. Lo espantoso de ese horror reside en el desdoblamiento. Pero una vez muerto se me convertirá en una figura irreal, una figura sombría..., y el libro resultará pavoroso.

Mark Twain - La decadencia del arte de mentir


Mark Twain - La decadencia del arte de mentir

La mentira es universal… Todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo inteligente es educarnos con esmero para que mintamos de manera juiciosa y considerada. (…)

El conjunto de narraciones contenidas en este volumen reúne la mejor de la obra de Mark Twain. El lector reflexionará y se emocionará con la ironía y el ingenio que rezuma la obra de este genial escritor.

21 mar. 2017

Charles Bukowski - Los asesinos


Charles Bukowski - Los asesinos


Harry acababa de abandonar la carga de camiones, se había largado porque no podía aguantar más, y ahora iba bajando por la calle Alameda hacia el bar Pedro's para tomarse una taza de café de a níquel. Era de madrugada pero él recordaba que solían abrirlo a las cinco de la mañana. Te podías sentar en Pedro's un par de horas por un níquel. Podías pensar un rato. Podías hacer memoria de las cosas que habías hecho mal, o las que habías hecho bien.

Estaba abierto. La chica mexicana que le sirvió el café le miró como si fuera un ser humano. Los pobres sabían de la vida. Una buena chica. Bueno, una chica bastante agradable. Todas ellas significaban problemas. Cualquier cosa significaba problemas. Recordaba una frase que había oído en alguna parte: La Definición de la Vida es Problemas.

Harry se sentó en una de les desvencijadas mesas. El café era bueno. Treinta y ocho años y estaba acabado. Miró fijamente el café y recordó las cosas que había hecho mal -o bien-. Simplemente se había cansado del juego idiota de los seguros, de las pequeñas oficinas y altos compartimientos de cristal, de los clientes; simplemente se había cansado de estar engañando a su esposa, de que ella le engañara a él, de apretujar secretarias en los ascensores y pasillos; se había cansado de las fiestas de Navidad y las fiestas de Año Nuevo y de los cumpleaños, y pagos de plazos de coches nuevos, y pagos de muebles, y luz, y gas, y agua -todo el condenado tinglado de necesidades.

Se había cansado y lo había abandonado, eso era todo. El divorcio llegó lo suficientemente pronto y la bebida llegó lo suficientemente pronto y, de repente, se vio fuera. No tenía nada, y descubrió que tampoco era muy bonito no tener nada. Era otro tipo de carga insoportable. Si por lo menos hubiera otros caminos más agradables. Parecía como si sólo hubiese dos elecciones: vivir dentro de la carrera de atropellos o ser un marginado hundido.

Mientras Harry levantaba la mirada, un hombre se sentó enfrente de él, también con una taza de café. Aparentaba tener alrededor de cuarenta años. Iba vestido tan pobremente como Harry. Lió un cigarrillo, y mientras lo encendía miró a Harry.

- ¿Cómo va?

- Esa es una buena pregunta -dijo Harry.

- Sí, ya lo creo que sí.

Allí sentados bebieron su café.

- Un hombre se pregunta cómo ha podido caer aquí.

- Sí, dijo Harry.

- Por si interesa, mi nombre es William.

- Yo me llamo Harry.

- A mí me puedes llamar Bill.

- Gracias.

- Tienes una cara como si hubieses llegado al final de algo.

- Sólo pasa que estoy cansado de estar marginado y de estar pasado. Estoy hecho una mierda.

- ¿Quieres volver a la sociedad, Harry?

- No, no es eso. Pero me gustaría salirme de todo esto.}

- Está el suicidio.

- Lo sé.

- Escucha -dijo Bill- lo que necesitamos es un poco de pasta fácil para tener un respiro.

- Sí, claro. ¿Pero cómo?

- Bueno, tiene sus riesgos.

- ¿Como qué?

- Yo solía hacer robos en casas. No está mal. Ahora podría tener un buen compañero.

- De acuerdo, estoy dispuesto a intentar lo que sea. Estoy ya enfermo de judías aguadas, rosquillas de una semana, el albergue de la Misión, las lecturas de la biblia, los ronquidos…

- Nuestro principal problema es cómo llegar a donde podamos actuar.

- Yo tengo un par de pavos.

- Está bien, nos encontraremos a medianoche. ¿Tienes un lápiz?

- No.

- Espera, pediré uno prestado.

Bill volvió con un trozo de lápiz. Cogió una servilleta y escribió en ella.

- Coges el autobús de Beverly Hills y le dices al conductor que te deje aquí ¿ves? Entonces caminas dos manzanas hada el norte. Yo estaré esperando. ¿Lo harás?

- Estaré allí.

- ¿Tienes mujer, tío? -preguntó Bill.

- La tuve -contestó Harry.

Hacía frío aquella noche. Harry bajó del autobús y subió las dos manzanas hacia el norte. Estaba oscuro, muy oscuro. Bill estaba allí fumando un cigarrillo liado. No estaba muy a la vista, estaba apoyado en un gran arbusto.

- Hola, Bill.

- Hola, Harry. ¿Estás listo a empezar tu nueva y lucrativa carrera?
- Estoy listo.

- Muy bien. He estado echando una ojeada por estos lugares. Creo que he elegido un buen sitio. Aislado. Huele a dinero. ¿Estás asustado?

- No. No estoy asustado.

- Perfecto. Ten sangre fría y sígueme.

Harry siguió a Bill por la acera a lo largo de una manzana y media, entonces Bill se metió entre dos arbustos que daban a un gran jardín con césped. Caminaron sigilosamente hacia la parte trasera de la casa, un gran chalet de dos pisos. Bill se paró en una ventana. Entreabrió la persiana con su cuchillo, entonces escucharon inmóviles. No se oía ni una mosca. Bill desmontó la persiana y la quitó. Empezó a trabajar en la ventana. Estuvo manipulando en la ventana por largo rato y Harry empezó a pensar: Dios, estoy con un aficionado. Estoy con una especie de loco. Entonces se abrió por fin la ventana y Bill subió por ella. Harry pudo ver su culo colarse dentro bamboleando. Esto es ridículo, pensó. ¿Hacen esto los hombres?

- Vamos, entra -le dijo Bill en voz baja.

Harry trepó hasta dentro. Olía de verdad a dinero, y a barniz de muebles.

- Cristo, Bill. Ahora sí que estoy asustado. Esto no tiene sentido.

- No hables tan alto. Tú quieres librarte de esas judías aguadas, ¿no?

- Sí.

- Bueno, entonces sé un hombre.

Harry se quedó quieto mientras Bill abría lentamente cajones y metía cosas en sus bolsillos. Parecía que estaban en un comedor. Bill se estaba llenando los bolsillos de cucharas, cuchillos y tenedores.

¿Cómo vamos a sacar algo con eso?, pensó Harry.

Bill siguió metiéndose los cubiertos de plata en los bolsillos de su abrigo. Entonces se le cayó un cuchillo. El suelo era duro, sin alfombra, y el sonido se produjo fuerte y claro.

- ¿Quién anda ahí?

Bill y Harry no contestaron.

- ¡Dije que quién anda ahí!

- ¿Qué pasa, Seymour? -dijo una voz femenina.

- Me ha parecido oír algo. Algo me ha despertado.

- ¡Oh, duérmete!

- No. He oído algo.

Harry escuchó el sonido de una cama y a continuación los pasos de un hombre. El hombre entró por la puerta del comedor y se encontró con ellos. Iba con un pijama, era un hombre joven, de unos 26 o 27 años, con el pelo largo y una perilla.

- Muy bien, vosotros, capullos, ¿qué estáis haciendo en mi casa?

Bill se volvió hacia Harry.

- Entra en el dormitorio. Seguro que hay un teléfono allí. Asegúrate de que ella no lo utilice. Yo me ocupo de éste.

Harry se fue hacia el dormitorio, vio la puerta, entró, vio a una chica rubia de unos 23 años, con el pelo largo y suelto, con un camisón de fantasía, sus pechos transparentándose a través de él. Había un teléfono en la mesita de noche y ella no estaba utilizándolo. Se llevó asustada el dorso de la mano a la boca. Estaba erguida en la cama.

- No grite -dijo Harry- o la mato.

Se quedó allí de pie mirándola, pensando en su propia mujer, pero nunca en la vida había tenido una mujer como aquélla. Harry empezó a sudar, sentía vértigo, se miraban fijamente el uno al otro.

Harry se sentó en la cama.

- ¡Dejad tranquila a mi mujer, si no os mataré! -dijo el joven. Bill acababa de entrar con él. Lo llevaba agarrado por el cuello con su cuchillo apoyado en medio de la espalda.

- Nadie va a hacer daño a tu mujer, tío. Sólo dinos dónde tienes tu apestoso dinero y nos iremos.

- Te he dicho que todo el que tengo está en mi cartera.

Bill apretó su brazo contra el cuello y clavó el cuchillo un poco más. El joven hizo una mueca de dolor.

- Las joyas -dijo Bill-, llévame a donde estén las joyas.

- Están arriba…

- Muy bien. ¡Llévame allí!

Harry vio cómo Bill se lo llevaba fuera. Harry siguió mirando fijamente a la chica y entonces ella le miró. Unos ojos azules, con las pupilas dilatadas de terror.

- No grite -le dijo- o la mato. ¡Así que pórtese bien o la mato!

Ella estaba paralizada, sus labios empezaron a temblar. Eran del más puro rosa pálido, y entonces, la boca de Harry se pegó a la suya. Estaba bebido y su boca sucia, rancia; la de ella era blanda, fresca, delicada, temblorosa. El la cogió de la cabeza con sus manos, apartó la suya hacia atrás y la miró a los ojos.

- Tú, puta -dijo-. ¡Tú, maldita puta!

La besó de nuevo, más fuerte. Cayeron juntos en la cama, bajo el peso de Harry. El se estaba quitando los zapatos, manteniéndola sujeta debajo suyo. Empezó a quitarle las bragas, bajándoselas a lo largo de las piernas, todo el tiempo sujetándola y besándola.

- Tú, puta, condenada puta…

- ¡Oh NO! ¡Cristo, NO! ¡Mi mujer NO, cabrones!

Harry no los había oído entrar. El joven dio un grito. Luego Harry oyó un gorgoteo sordo. Se incorporó y miró a su alrededor. El joven estaba en el suelo con la garganta cortada; la sangre surgía rítmicamente a borbotones que iban encharcando el suelo.

- ¡Lo has matado! -dijo Harry.

- Estaba gritando.

- No tenías por qué matarlo.

- No tenías por qué violar a su mujer.

- Yo no la he violado y tú lo has matado.

Entonces ella empezó a gritar. Harry le tapó la boca con su mano.

- ¿Qué vamos a hacer? -preguntó.

- Vamos a matarla también. Es un testigo.

- Yo no puedo matarla -dijo Harry.

- Yo la mataré -dijo Bill.

- Pero no deberíamos desperdiciarla así.

- Bueno, pues ve y tómala.

- Ponle algo en la boca.

- Ya me ocupo de eso -dijo Bill. Cogió un pañuelo de la cómoda y lo introdujo en la boca de la chica. Luego rasgó la funda de la almohada en tiras y la amordazó.

- Vamos, tío, empieza.

La chica no se resistió. Parecía encontrarse en estado de coma.

Cuando Harry acabó, Bill se montó encima de ella y la poseyó también. Harry miró. Esto era. Era así allí y en el resto del mundo. Cuando un ejército conquistador entraba en las ciudades, poseían a las mujeres. Ellos eran el ejército conquistador.

Bill acabó y se levantó.

- Mierda, esto sí que estuvo bien.

- Escucha, Bill, vamos a dejarla viva.

- Hablará. Es un testigo.

- Si le perdonamos la vida, no hablará. Esa será nuestra condición.

- Hablará. Conozco la naturaleza humana. Más tarde hablará.

- ¿Para qué va a decir nada a gente que hace lo mismo que nosotros? Y en caso de que hablara ¿por qué no va a hacerlo, después de lo que hemos hecho?

- Eso es lo que quiero decir -dijo Bill-. ¿Para qué dejarla viva?

- Vamos a preguntarle. Vamos a hablar con ella. Vamos a preguntarle qué piensa.

- Yo sé lo que piensa. La voy a matar.

- Por favor, no lo hagas, Bill. Vamos a mostrar un poco de decencia.

- ¿Mostrar un poco de decencia? ¿Ahora? Es demasiado tarde. Si hubieses sido lo suficientemente hombre como para haberte guardado tu estúpida polla lejos de ella…

- No la mates, Bill, no puedo… soportarlo…

- Vuélvete de espaldas.

- Bill, por favor…

- ¡Te digo que te vuelvas de espaldas, imbécil!

Harry se dio la vuelta. No pareció que hubiera el menor sonido. Los minutos pasaron.

- ¿Bill, lo has hecho?

- Lo he hecho. Date la vuelta y mira.

- No quiero mirar. Vámonos. Vámonos de aquí.

Salieron por la misma ventana que habían entrado. La noche estaba más fría que nunca. Bajaron por la parte oscura de la casa y salieron a la calle a través del seto.

- ¿Bill?

- ¿Sí?

- Ahora me siento bien, como si no hubiese pasado nunca.

- Pero pasó.

Fueron caminando hacia la parada del autobús. Los servicios nocturnos pasaban muy de tarde en tarde, probablemente tendrían que esperar cerca de una hora. Llegaron a la parada y se examinaron mutuamente en busca de manchas de sangre y, extrañamente, no encontraron ninguna. Liaron dos cigarrillos y se pusieron a fumar.

Entonces Bill, de repente, escupió su pitillo.

- Maldita sea. Maldita suerte la nuestra.

- ¿Qué pasa, Bill?

- ¡Nos olvidamos de coger su cartera!

- Oh, mierda -dijo Harry.


En Se busca una mujer


Helena Petrovna Blavatsky - La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros


Espeluznates relatos sobre la influencia del Más Allá en los actos humanos, narrados magistralmente por la ocultista más famosa de todos los tiempos, Madame Blavatsky.

Giordano Bruno - De la magia


De la magia funciona como una especie de confirmación práctica de una intuición primera que había recorrido toda su obra y vida: la continuidad espiritual del universo.

Paul Valéry - Teoria poética y estética


En la actividad creadora de Paul Valéry (1871-1945) tuvo un lugar importante la reflexión sobre la poesía y la estética. Se puso de relieve en artículos, prólogos y conferencias que, con la densidad y penetración que caracterizaron al autor, fueron configurando una verdadera teoría estética y poética. Valéry huye de los lugares comunes, de los usos sociales –políticos, pedagógicos, institucionales...– de la poesía, en la búsqueda de aquello que le es propio y necesario para ser poesía.

Isidore Ducasse, conde de Lautréamont - Estas páginas sombrías


Isidore Ducasse,  conde de Lautréamont - Estas páginas sombrías


Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de penetrar más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante. Escucha bien lo que te digo: dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, del mismo modo que los ojos de un niño se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro maternal; o, mejor, como un ángulo, extendido hasta donde alcanza la vista, de grullas friolentas y meditabundas que durante el invierno vuelan briosamente a través del silencio, a toda vela, hacia un punto determinado del horizonte, de donde parte repentinamente un viento extraño y violento, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, convertida en avanzada solitaria, al ver esto mueve la cabeza —y a continuación hace crujir también su pico— como una persona razonable que no se siente satisfecha (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desplumado, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondas exasperadas que presagian la tormenta cada vez más próxima. Después de arrojar, demostrando sangre fría, repetidas miradas a todos lados, con ojos saturados de experiencia, muy prudentemente, y la primera de todas (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas inferiores en inteligencia), con su grito alertador de centinela melancólico que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (podría ser un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman en el espacio esas curiosas aves de paso) sea a babor, sea a estribor, como una hábil capitana; y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, como no es estúpida, emprende así un nuevo camino filosófico y más seguro.


En Cantos de Maldoror, Canto primero
Traducción: Aldo Pellegrini
Imagen: s/d




Plût au ciel que le lecteur, enhardi et devenu momentanément féroce comme ce qu'il lit, trouve, sans se désorienter, son chemin abrupt et sauvage, à travers les marécages désolés de ces pages sombres et pleines de poison; car, à moins qu'il n'apporte dans sa lecture une logique rigoureuse et une tension d'esprit égale au moins à sa défiance, les émanations mortelles de ce livre imbiberont son âme, comme l'eau le sucre. Il n'est pas bon que tout le monde lise les pages qui vont suivre; quelques-uns seuls savoureront ce fruit amer sans danger. Par conséquent, âme timide, avant de pénétrer plus loin dans de pareilles landes inexplorées, dirige tes talons en arrière et non en avant. Écoute bien ce que je te dis: dirige tes talons en arrière et non en avant, comme les yeux d'un fils qui se, détourne respectueusement de la contemplation auguste de la face maternelle; ou, plutôt, comme un angle à perte de vue de grues frileuses méditant beaucoup, qui, pendant l'hiver, vole puissamment à travers le silence, toutes voiles tendues, vers un point déterminé de l'horizon, d'où tout à coup part un vent étrange et fort, précurseur de la tempête. La grue la plus vieille et qui forme à elle seule l'avant-garde, voyant cela, branle la tête comme une personne raisonnable, conséquemment son bec aussi qu'elle fait claquer, et n'est pas contente (moi, non plus, je ne le serais pas à sa place), tandis que son vieux cou, dégarni de plumes et contemporain de trois générations de grues, se remue en ondulations irritées qui présagent l'orage qui s'approche de plus en plus. Après avoir de sang-froid regardé plusieurs fois de tous les côtés avec des yeux qui renferment l'expérience, prudemment, la première (car, c'est elle qui a le privilége de montrer les plumes de sa queue aux autres grues inférieures en intelligence), avec son cri vigilant de mélancolique sentinelle, pour repousser l'ennemi commun, elle vire avec flexibilité la pointe de la figure géométrique (c'est peut-être un triangle, mais on ne voit pas le troisième côté que forment dans l'espace ces curieux oiseaux de passage), soit à bâbord, soit à tribord, comme un habile capitaine; et, manœuvrant avec des ailes qui ne paraissent pas plus grandes que celles d'un moineau, parce qu'elle n'est pas bête, elle prend ainsi un autre chemin philosophique et plus sûr.