Descarga: Dylan Thomas - Poemas completos (Edición de Elizabeth Azcona Cranwell)

19 de mayo de 2013 · 0 Comentarios



Descarga: Dylan Thomas - Poemas completos (Edición de Elizabeth Azcona Cranwell)

Cuando hace tres años, Aldo Pellegrini me llamó para encomendarme la traducción de los Collected Poems de Dylan Thomas, confieso que mi alegría ante la perspectiva de tan hermosa tarea se mezcló con un justificado temor. La elección que Pellegrini —poeta, crítico lúcido, investigador infatigable— hacía recaer en mí, se debía a mi larga devoción por el poeta galense, parte de cuya obra yo había traducido exclusivamente por placer. Pero si bien mi conocimiento de Dylan Thomas facilitaba la tarea, también proporcionaba la medida exacta de su dificultad. Tenia ya traducidos unos pocos poemas, los que mejor se avenían con nuestro idioma, los mas "castellanizables". ¿Pero que hacer con aquellos otros en los que jugaban modos especiales de rima, de aliteración, de respiración, de equilibrio estudiado entre vocales y consonantes? Ante esta problemática opte por un criterio doble. Cuando el lenguaje y el contenido podían unirse en español y transmitir un equivalente del inglés en cuanto al ritmo —aunque las palabras fueran más largas y hubiese que emplear mas artículos, podía mantenerse el equilibrio de longitudes silábicas— la traducción fue estricta. En otros casos me atuve principalmente al sentido, rastreado en numerosos libros acerca de la obra de Thomas y de acuerdo con esto fueron recreados algunos versos, pues una traducción literal forzaría el espíritu de nuestra legua. Pero en todos los casos creo haber trabajado con el máximo de rigor. Y aunque la rima que ocasionalmente utiliza no se haya podido dar en español, algunas veces se han trasmitido las aliteraciones y siempre se ha conservado la estructura de cada metáfora, la cadencia, los ictus, y el balanceo de las frases.

De este equilibrio entre dos opciones, espero haya surgido un resultado que permita al público de habla española adentrarse en el universo oscuro, profético, complejo y escandalosamente bello de esta poesía.

E.A.C.


Witold Gombrowicz - El banquete

· 0 Comentarios



Witold Gombrowicz


Las sesiones del Consejo... las sesiones secretas del Consejo se desarrollaban en la oscuridad de la sala de los retratos, cuya autoridad multisecular superaba y anulaba hasta la misma autoridad del Gran Consejo. Desde la altura de los antiguos muros, los crepusculares retratos contemplaban, sordos y mudos, los rostros hieráticos de los dignatarios, quienes, a su vez, contemplaban la vetusta y descarnada figura del Gran Canciller y Ministro de Estado. Aquel anciano seco y poderoso habló secamente, como de costumbre, sin intentar de ningún modo ocultar su profunda alegría, invitó a los ministros y viceministros de Estado a solemnizar el histórico momento, poniéndose de pie. En efecto, después de largas y complicadas gestiones, tendrían lugar las nupcias del Rey con la archiduquesa Renata Adelaida Cristina. Renata Adelaida Cristina se hallaba ya en la Corte, y, al día siguiente, durante el banquete real, los prometidos (que hasta el momento sólo se conocían por fotografías) serían presentados... Aquella excelsa unión acrecentaría y multiplicaría hasta el infinito el prestigio y el poder de la Corona. ¡La Corona! ¡La Corona! Sin embargo, una terrible preocupación, una profunda inquietud, peor todavía, un terror manifiesto se mostraba en los rostros expertos e inteligentes de los ministros y de los viceministros de Estado, y algo informulado y dramático se ocultaba entre sus viejos y fatigados labios.

Inmediatamente después de un voto unánime del Consejo, el Canciller abrió el debate, cuya característica principal fue, sin embargo, el silencio, un silencio sordo y mudo. El Ministro del Interior fue el primero en pedir la palabra, pero cuando le fue concedida, comenzó a callar y no hizo sino callar durante todo el tiempo que duró su intervención... después de lo cual volvió a sentarse. Hizo después uso de la palabra el Ministro de la Corte Real, pero también él no hizo sino levantarse y callar todo lo que tenía que decir y volvió a sentarse. A continuación, muchos ministros pidieron la palabra: se levantaban, callaban, volvían a sentarse, mientras el silencio, el obstinado silencio del Consejo, multiplicado por el silencio de los retratos y el silencio de los muros, se hacía cada vez más poderoso. Las velas agonizaban. El inflexible canciller presidía el silencio. Las horas pasaban.

¿Cuál era la razón de ese silencio? Ninguno de los elevados funcionarios allí presentes hubiera podido, ni siquiera osado, formular un pensamiento, un pensamiento que se imponía con fuerza irresistible, y cuya expresión habría constituido ni más ni menos que un delito de lesa majestad. Y era por eso que todos callaban. En efecto, ¿cómo decir que el Rey... que el Rey era... oh, no... nunca, primero la muerte... que el Rey... ¡oh, no, ay, no!... que el Rey era venal? ¡Que el Rey se dejaba sobornar! Impúdica, insaciable, rapazmente, el Rey era venal... pero de una venalidad como la historia no había conocido otra hasta el momento. Sí, venal y corrupto, eso era el Rey. El Rey se vendía y vendía a puñados su propia Majestad.

De pronto, los dos pesados batientes de la puerta esculpida se abrieron con estruendo para dejar pasar a la persona del Rey. Vestía el uniforme de general de la guardia, con la espada al flanco y un tricornio de gala en la cabeza. Los ministros se inclinaron profundamente ante el monarca, el cual colocó la espada sobre la mesa, se arrellanó en un sillón y contempló a los presentes con mirada astuta.

El Consejo de Ministros se transformó, por efecto mismo de la presencia del Rey, en Consejo de la Corona, y el Consejo de la Corona se preparó a escuchar las declaraciones del Rey. El soberano manifestó en primer lugar su satisfacción ante su próxima boda con la archiduquesa y su confianza absoluta en que su real persona sería capaz de conquistar el amor de la hija del Rey. De ninguna manera dejó de soslayar la gran responsabilidad que pesaba sobre sus hombros... Y mientras decía esas palabras hubo en la voz del Rey algo tan absolutamente venal que el Consejo de la Corona se estremeció en medio del completo silencio que reinaba en la sala.

—No estamos en condiciones de ocultar —dijo el Rey— que para Nosotros la participación en el banquete de mañana constituye una dura prueba... Nos vemos obligados a hacer un serio esfuerzo para que Su Alteza la Archiduquesa reciba la mejor impresión... No obstante, estamos dispuestos a todo por el bien de la Corona, sobre todo si... si... ejem... ejem...

Los reales dedos tamborilearon la mesa, y aquel tamborileo adquirió una significación especial, mientras que la declaración misma del Rey asumía tonos más bien confidenciales. No cabía la sombra de una duda: el corrupto monarca deseaba una gratificación por participar en el banquete. Y, repentinamente, el Rey comenzó a quejarse de que los tiempos eran difíciles, no sabía cómo hacer frente a ciertos compromisos... y se rió... se rió y guiñó confidencialmente un ojo al Canciller... volvió a guiñar el ojo y a reírse, mientras le picaba con un dedo las costillas al anciano.

El anciano observaba al monarca en medio de un silencio profundo, podría uno decir petrificado, mientras éste reía, guiñaba el ojo y le picaba las costillas... y el silencio del anciano iba en aumento con el silencio de los retratos y el silencio de los muros. La risa del Rey se extinguió. En aquel momento el férreo anciano se inclinó ante el Rey e, imitando su gesto, se inclinaron también las cabezas de los ministros y se doblaron las rodillas de los viceministros de Estado. El poder de la reverencia del Consejo fue tremendo por su inesperada aparición en la sala silenciosa. Aquella reverencia golpeó al Rey en el propia pecho, le inmovilizó brazos y piernas, le devolvió la Realeza... al grado de que el pobre Gnulo gimió terriblemente en medio de la sala y trató una vez más de reír... pero la risa volvió a secarse en sus labios... En la inmovilidad de aquel silencio, el Rey se aterrorizó... y su terror fue profundo... pero finalmente logró huir del Consejo y de sí mismo, y su espalda envuelta en el uniforme de gala desapareció en la penumbra de un corredor.

En ese momento se escuchó un grito atroz y venal:

—¡Ya me la pagaréis! ¡Ya me la pagaréis!

Tan pronto como salió el Rey, el Canciller reabrió los debates y el silencio volvió a reinar en la sala del Gran Consejo. El Canciller, inflexible, presidía aquel silencio. Los ministros se levantaban y se sentaban. Las horas pasaban. ¿Qué hacer? ¿Cómo impedir que el Rey, furioso por no haber logrado la cantidad que deseaba, provocara un escándalo en pleno banquete? ¿Cómo defender al rey Gnulo? ¿Qué impresión produciría aquel miserable rey, infame y vergonzoso, sobre una archiduquesa extranjera, hija de emperadores, admitiendo que por un milagro el escándalo pudiera evitarse? Tales eran las dolorosas preguntas que el Consejo no podía formular, que rechazaba y vomitaba en silenciosas convulsiones entre las vetustas paredes del salón. Los ministros se levantaban y se sentaban... Sin embargo, cuando, a eso de las cuatro de la mañana, el Consejo, con voto unánime, ofreció su dimisión, el viejo timonel de la nave del Estado no la aceptó y pronunció las siguientes memorables palabras:

—Señores, es necesario constreñir al Rey en el Rey, encarcelar al Rey en el Rey... Debemos enclaustrar al Rey en el Rey.

Era indudable que la reputación de la Corona sólo podía salvarse de la catástrofe aterrorizando al Rey, llevando hasta sus últimas consecuencias la presión del esplendor, de la magnificencia, del ceremonial y de la Historia. En este espíritu emanaron las directivas del Gran Canciller y por esa misma razón el banquete que tuvo lugar al día siguiente, en la sala de los espejos, revistió todo el esplendor imaginable y rozó, como los golpes de una campana, las esferas sublimes, casi celestiales, de la magnificencia.

La archiduquesa Renata Adelaida Cristina fue introducida en la sala por el Gran Maestro de Ceremonias y Mariscal de la Corte, y tuvo que cerrar los ojos, deslumbrada por la augusta y secular luminosidad de aquel archibanquete. Linajes tan antiguos como la historia se fundían con discreta potencia en el nimbo hierático del clero, y éste a su vez giraba como ebrio en torno al candor de los respetables escotes que se movían con desenvoltura entre las espadas de los generales y los grupos de embajadores... mientras los espejos repetían hasta el infinito aquel esplendor. El murmullo de las conversaciones se dispersaba en la multiplicidad de perfumes. Cuando el rey Gnulo apareció en el salón y entrecerró los párpados cegado por el brillo que emanaba aquella atmósfera fue saludado por una gran exclamación de bienvenida... al mismo tiempo que la inclinación de los presentes le impidió la fuga, y el coro de cortesanos a sus espaldas le obligó a dirigir sus pasos hacia la archiduquesa, la cual, arrugando nerviosamente los encajes de su vestido, no podía dar crédito a sus propios ojos. ¿Así que aquél era el Rey, su futuro marido? ¿Aquel hombrecillo vulgar con cara de comerciante y mirada astuta de vendedor ambulante de fruta? Aquel pequeño comerciante, ¿cómo era posible? ¿Podía ser un gran rey aquél que se le acercaba entre dos vallas de genuflexiones? Cuando el Rey le tomó una mano, se estremeció de disgusto, pero en ese mismo instante el estruendo de los cañones y el repique de las campanas extrajeron de su pecho un suspiro de admiración. El Gran Canciller emitió un suspiro de alivio, multiplicado y repetido por los suspiros de todos los demás miembros del Consejo.

Apoyando su mano augusta, metafísica y sagrada en la empuñadura de la espada real, el Rey tendió la mano, poderosa y santificante, a la archiduquesa Renata Adelaida Cristina y la condujo a la mesa del banquete. Les siguieron los invitados, que conducían a sus damas en medio del brillo de sus condecoraciones y espadas.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿De dónde procedía aquel sonido apenas perceptible y, sin embargo, traidor que llegaba a los oídos del Gran Canciller y de los otros miembros del Consejo? Tal vez se trataba de una ilusión auditiva, ¿o era más bien como si alguno de los presentes, sí, como si alguno de los presentes se divirtiera en hacer sonar unas monedas... en hacer sonar en sus bolsillos algunas pequeñas monedas de cobre? ¿Qué ocurría? Con mirada severa y glacial, el histórico anciano recorrió toda la asistencia para posarla en uno de los embajadores. Ni un solo músculo se movió en el rostro de éste, representante de una potencia enemiga que, con expresión de ironía en los delgados labios, daba el brazo a la princesa Bisancia, hija del marqués de Friulo... Pero de nuevo se oyó el sonido traidor, apenas perceptible, pero por todos los conceptos peligroso... Y el presagio de una traición, de una infame e innoble traición, de una conjura que se estuviera tramando en la sombra, se apoderó del ánimo histórico y dramático del Gran Canciller. ¿Se trataría de una conjura? ¿Se trataría de una traición?

El inicio del banquete fue anunciado con toques de trompeta, y su orden inapelable obligó a Gnulo a posar su vulgar trasero al borde del sillón real, y tan pronto como se hubo sentado se sentó toda la asamblea. Se sentaron, se sentaron, se sentaron los ministros, los generales, el clero y la corte. El Rey acercó la real mano al tenedor, lo tomó, y se llevó a la boca el primer bocado de carne y, al mismo tiempo, el Gobierno, la Corte, los generales, los sacerdotes se llevaron a la boca el primer bocado, mientras los espejos repetían hasta el infinito ese gesto. Atemorizado, Gnulo dejó de comer... pero entonces toda la Asamblea dejó de comer, y el acto de no comer se volvió aún más poderoso que el de comer... Para interrumpir cuanto antes esa situación, Gnulo se acercó a los labios una copa de vino... e inmediatamente todos levantaron las copas en un brindis estruendoso y mil veces repetido, en un brindis que explotó y permaneció suspendido en el aire... al que Gnulo respondió dejando su copa en el mantel. También los otros bajaron las copas. El Rey entonces volvió a tomar la copa. Y hubo otro brindis estruendoso. Gnulo dejó en la mesa la copa, pero, al ver que todos dejaban las copas, volvió a levantar la suya... y, una vez más, la Asamblea, elevando la copa, elevó hasta las nubes la dignidad del Rey entre el estruendo de las trompetas, el esplendor de los candelabros, los reflejos de los antiguos espejos. El Rey, aterrorizado, bebió otro sorbo.

El sonido traidor... el tintineo ligero, apenas perceptible, característico de las monedas en el bolsillo... llegó una vez más a los oídos del Gran Canciller y de los miembros del Consejo. El ilustre anciano posó nuevamente su mirada inmóvil y escrutadora sobre el rostro convencional del embajador de la potencia enemiga... y una vez más, y con mayor fuerza aún, se oyó el sonido traidor. Era evidente que alguien quería comprometer al Rey y desprestigiar el banquete, que alguien trataba así de instigar la patológica avidez del monarca. El tintineo traidor volvió a oírse, y con tal claridad que también lo oyó Gnulo... la serpiente de la rapacidad apareció en su rostro vulgar de mercachifle.

¡Infamia! ¡Horror! El ánimo del Rey se obstinaba de tal manera en su mezquindad, era de tal modo bellaco y trivial que no se dejaba tentar por las grandes sumas, sino por las pequeñas; la calderilla podía conducirlo hasta el fondo del Averno: ¡Oh, monstruosa paradoja, no era tanto la corrupción la que corroía al Rey, como las propinas! Sí, las propinas ejercían sobre él la misma fascinación irresistible que un hermoso hueso sobre un perro. Toda la sala se paralizó a la espera. Una vez oído aquel sonido tan dulce como tan conocido, el rey Gnulo dejó la copa y, olvidando de golpe todo lo que le rodeaba, en su ilimitada imbecilidad, se relamió suavemente... ¡Suavemente! Eso fue lo que a él le pareció. El que el Rey se relamiera sentó como una bomba a los comensales rojos de vergüenza.

La archiduquesa Renata Adelaida emitió un sofocado gemido de repulsión. La mirada de los miembros del Gobierno, de la Corte, de los generales y de los sacerdotes se dirigió hacia la figura del anciano, quien desde hacía muchos años conducía con sus manos yertas el timón del Estado. ¿Qué hacer? ¿Cómo comportarse?

Entonces vieron salir heroica, lentamente, de los pálidos labios de aquel hombre notable una vieja y estrecha lengua. El Canciller se había lamido los labios. ¡Se había relamido el Canciller del Reino!

Por un instante el Consejo luchó contra el desmayo, pero al final aparecieron las lenguas de los ministros, y después de ellas las de los obispos, las lenguas de las condesas, las de las marquesas... y todos se relamieron de un extremo al otro de la mesa, en medio del misterioso esplendor de los cristales. Los espejos repitieron ese acto hasta el infinito, bañándolo de reflejos glaciales.

El Rey, enfurecido al ver que nada le estaba permitido, ya que todo lo que hacía era de inmediato imitado, empujó violentamente la mesa y se levantó. Pero también se levantó el Gran Canciller y, tras el Gran Canciller, se levantaron todos los demás.

El Gran Canciller, en efecto, no tenía ya ninguna duda tras tomar la decisión cuya increíble audacia pulverizó todas las conveniencias sociales. Al comprender que no podría ocultar a Renata Adelaida Cristina la verdadera naturaleza del Rey, el Gran Canciller decidió lanzar abiertamente a todos los invitados al banquete en una lucha por la salvación de la Corona. No quedaba otro remedio... los invitados debían repetir inexorablemente no sólo aquellos actos del Rey que se prestaran a la emulación, sino precisamente todos los que no admitían imitación. Sólo de esa manera podían convertir sus gestos en archigestos, y esa violencia sobre la persona del Rey se convirtió en algo necesario e indispensable. Por la misma razón, cuando el enfurecido Gnulo golpeó la mesa con el puño, rompiendo dos platos, el Canciller, sin la más mínima duda, rompió dos platos y todos los demás rompieron dos platos como si se tratara de honrar a Dios. ¡Y sonaron las trompetas! ¡Los invitados estaban a punto de ganar al Rey! El Rey, encadenado, volvió a dejarse caer en la silla y permaneció en ella en silencio, mientras los invitados permanecían a la expectativa de cualquier gesto suyo. Algo increíble, algo fantástico nacía y moría entre las exhalaciones de esa intensa convivencia.

El Rey se puso de pie. Todos los invitados se pusieron de pie. El Rey dio unos pasos, los comensales también. El Rey comenzó a deambular, los comensales comenzaron a deambular. Y, en aquel deambular, en ese caminar monótono e interminable, se alcanzaron alturas tan grandiosas del archideambular que Gnulo, repentinamente mareado, lanzó un alarido y, con los ojos inyectados de sangre, se derrumbó sobre la archiduquesa y, sin saber qué hacer, comenzó a estrangularla lentamente ante la Corte entera.

Sin dudarlo un instante, el timonel del Estado se dejó caer sobre la primera dama que encontró a mano y comenzó a estrangularla. Los otros invitados siguieron su ejemplo. Y el archiestrangulamiento repetido por multitud de espejos se liberaba de todos los infinitos y crecía, crecía, crecía... hasta que la estrangulación cesó... ¡Y de esa manera el banquete rompió los últimos lazos que lo unían con el mundo normal y se liberaba de cualquier control humano!

La archiduquesa cayó al suelo... muerta. Cayeron también muchas damas estranguladas. La inmovilidad, una horrorosa inmovilidad multiplicada por los espejos, absolutamente silenciosa, comenzó a crecer y a crecer...

Crecía. Crecía sin tregua y se multiplicaba en los océanos de la quietud, entre las inmensidades del silencio, y reinaba, la archiinmovilidad en persona, la quintaesencia de lo inmóvil que, al descender a la Tierra, se imponía y reinaba...

Fue entonces cuando el Rey se dio a la fuga.

Gesticulando, presa de un pánico indecible, con las dos manos en el culo, el Rey comenzó a huir, corrió hacia la puerta, con la obsesión de dejar tras de sí, muy atrás, todo aquel archirreino. Los invitados advirtieron que el Rey, su Rey, escapaba... ¡Un instante más, y el Rey habría huido! Observaban todo lo que estaba ocurriendo con estupefacción, pues ellos no tenían derecho a detener a un rey... al Rey. ¿Quién podía atreverse a hacer uso de la fuerza para detener al Rey?

—¡Sigámosle! —gritó el anciano—. ¡Sigámosle! ¡Tras él!

El aire frío de la noche golpeó las mejillas de los dignatarios, mientras corrían por la explanada del castillo. El Rey huía por la carretera, le seguía muy cerca el Gran Canciller, y todos los invitados corrían a sus talones. Y entonces el archigenio de aquel estadista se reveló una vez más en todo su archipoder... en efecto, la ignominiosa huida  del rey se transformó en una carga de infantería, y ya no se sabía si el rey huía, o si el rey dirigía el asalto. ¡Oh, las aladas colas de los embajadores, las túnicas violeta o escarlata de los prelados, las chaquetas negras de los ministros, las ropas de etiqueta de los grandes señores, oh, qué galope, qué archigalope de tantos dignatarios! Los ojos de la plebe jamás habían visto nada semejante. ¡Los magnates, los latifundistas, los descendientes de las estirpes más gloriosas galopaban junto a los oficiales del Estado Mayor, cuyo galope se unía al de los ministros todopoderosos, al de los mariscales y chambelanes, y al galope desenfrenado de algunas grandes damas de la Corte! ¡Oh, qué carrera, qué archicarrera de mariscales, de chambelanes, la carrera de los ministros, el galope de los embajadores en medio de la noche tenebrosa, bajo las luces de las lámparas, bajo la bóveda del cielo! Los cañones del castillo dispararon. ¡Y el Rey se lanzó a la carga!

Y archicargando a la cabeza de su archiescuadrón, el archirrey archicargó en las tinieblas de la noche.

1946


En Bakakaï
Traducción: Bakakaï
Imagen: gombrowicz.net


Descarga: Guy de Maupassant - Cuentos esenciales

18 de mayo de 2013 · 0 Comentarios



Descarga: Guy de Maupassant - Cuentos esenciales

El portentoso talento de Maupassant encontró su forma ideal en el cuento, género que consolidó, renovó y en el que no tiene rival. Realista, romántico, fantasmagórico, terrorífico, fantástico o poético, Maupassant transitó en sus cuentos por todos los caminos de la imaginación. La presente edición recoge el cuerpo esencial de su narrativa e incorpora muchas piezas no traducidas hasta ahora.

Guy de Maupassant (1850-1893) fue discípulo literario de Flaubert y miembro relevante del grupo de jóvenes escritores naturalistas que se formó alrededor de Zola. Está considerado el maestro del relato breve francés decimonónico, pero fue además autor de seis novelas, como Una vida o Bel Ami.

Mo Yan: El retozar de un cerdo

· 0 Comentarios







XIX Entre protestas por la injusticia regreso al salón de Yama. 
De nuevo engañado para renacer como un humilde cerdo 


Después de despojarme de mi piel de buey, mi indomable espíritu se cernió por encima de los uno coma seis acres de tierra de Lan Lian. La vida como buey había sido una existencia trágica. Después de mi encarnación como burro, el señor Yama había pronunciado la sentencia de que fuera enviado de nuevo como ser humano, pero acabé deslizándome por el canal de parto de una vaca. Estaba ansioso por presentar mis quejas, ya que habían cometido una injusticia conmigo aunque, no obstante, deseaba continuar cerca de Lan Lian y no me apetecía abandonarle. Bajé la mirada hacia el cadáver sangrante del buey y la cabeza plateada de Lan Lian mientras se desplomaba sobre la cabeza del animal y lloraba desesperadamente; y observé la obtusa expresión en el rostro de mi hijo adulto Jinlong, al joven muchacho de rostro azul, nacido de mi concubina Yingchun, y el rostro del amigo del joven, Mo Yan, cubierto de mocos y de lágrimas, así como los rostros de todas las demás personas que me resultaban tan familiares. Mientras mi espíritu abandonaba el cuerpo del buey, los recuerdos de mi vida como buey comenzaron a desvanecerse y fueron sustituidos por los de Ximen Nao. Yo era un buen hombre que no había merecido morir pero, aún así, me habían disparado. El señor Yama sabía que se había cometido un error y que iba a resultar muy difícil subsanarlo.

—Sí —dijo el señor Yama fríamente—, se ha cometido un error. Así pues, ¿qué crees que debería hacer al respecto? No estoy autorizado para enviarte de vuelta como Ximen Nao. Después de haber pasado por dos reencarnaciones, sabes tan bien como yo que el periodo de vida de Ximen Nao ha tocado a su fin. Sus hijos han crecido, su cadáver se ha descompuesto en la tierra y de su expediente no quedan más que cenizas. Se han saldado todas las cuentas que estaban pendientes. ¿Por qué no borras de tu mente los malos recuerdos y buscas la felicidad?

Me arrodillé sobre el frío suelo de mármol del salón del señor Yama.

—Gran Señor —dije, con cierto tono de agonía en mi voz—, no hay otra cosa en el mundo que desee más, pero no puedo. Todos esos recuerdos tan dolorosos son como parásitos que se aferran obstinadamente a mí. Cuando me reencarné en burro, me recordaron los agravios que se cometieron con Ximen Nao, y cuando me reencarné en buey, me recordaron todas las injusticias que tuve que sufrir. Todos esos viejos recuerdos me atormentan sin descanso, Gran Señor.

—¿Quieres decir que el elixir de la amnesia de Abuela Meng, que es mil veces más poderoso que las gotas adormecederas, no funcionó contigo? —preguntó el señor Yama con cierto tono de duda—. ¿Fuiste derecho a la Terraza del Hogar sin beberlo?

—Gran Señor, si te digo la verdad, no bebí el tónico cuando me enviaron de vuelta a mi mundo en forma de burro. Pero antes de reencarnarme en buey, tus dos sirvientes me pellizcaron la nariz y vertieron un cuenco del elixir en mi garganta. Incluso me amordazaron para que no lo vomitara.

—Pues sí que es extraño —respondió el señor Yama. Luego se volvió hacia el juez que se encontraba sentado junto a él—. ¿Es posible que la señora Meng hubiera elaborado un tónico adulterado?

Los jueces sacudieron la cabeza.

—Ximen Nao, ya no necesitamos nada más de ti. Si todos los fantasmas dieran tantos problemas como tú, el caos reinaría en este salón. Teniendo en cuenta tus actos de caridad cuando eras un ser humano y el sufrimiento por el que has pasado cuando te reencarnaste en burro y en buey, voy a mostrar una misericordia especial hacia ti y te enviaré de vuelta para que te reencarnes en un país lejano y estable cuyos ciudadanos son ricos, un lugar plagado de una belleza natural en el que es primavera todo el año. Tu futuro padre tiene treinta y seis años y es el alcalde más joven del país. Tu madre es una cantante profesional hermosa y dulce cuya voz le ha reportado multitud de premios internacionales. Serás su único hijo, una joya depositada en sus manos. Tu padre tiene un futuro brillante ante sí: a los cuarenta y ocho años ascenderá al cargo de gobernador. Cuando alcance la mediana edad, tu madre abandonará su carrera profesional y creará un negocio como propietaria de una famosa compañía de cosméticos. Tu padre conduce un Audi, tu madre un BMW y tú conducirás un Mercedes. Gozarás de una fama y de una fortuna mayores de lo que puedas imaginar y serás afortunado en el amor..., multitud de veces. Serás ricamente recompensado por el sufrimiento y las injusticias por las que has pasado hasta ahora en la Rueda de la Vida.

El señor Yama dio un golpe en la mesa con la punta del dedo e hizo una breve pausa. Levantó la mirada hacia la oscuridad de la marquesina de la sala y dijo mordazmente:

—Lo que acabo de decir debería hacerte muy feliz.

Antes de que se llevara a cabo esta reencarnación, me taparon los ojos con una venda negra. En la Terraza del Hogar fui recibido por un viento endiabladamente frío y por un hedor insoportable. La anciana, con su voz ronca, me maldijo con acritud por haberla acusado en falso, me golpeó en la cabeza con una cuchara de madera, luego me agarró por la oreja y vertió su caldo sobre mi boca. Tenía un sabor muy extraño, como si fuera salamanquesa sazonada con pimienta.

—Espero que te ahogues, cerdo estúpido, por insinuar que mi caldo estaba adulterado. Quiero que te hundas en tus recuerdos, que te hundas en tus vidas anteriores, y que te quedes sólo con el recuerdo de la basura y los excrementos. 

Los sirvientes demoníacos que me habían llevado hasta allí me sujetaban todo el tiempo por los brazos mientras esa malvada anciana me torturaba. Su risa de satisfacción inundó mis oídos.

Me caí de bruces en la plataforma, todavía agarrado por los sirvientes, que me hacían correr a tanta velocidad que no creo que mis pies tocaran el suelo. Me sentía como si estuviera volando. Finalmente, mis pies tocaron algo blando, casi como una nube. Cada vez que quería preguntar dónde me encontraba, una garra peluda me metía algo maloliente en la boca antes de que pudiera hablar, y un sabor amargo llenaba mi paladar, como si fueran los desechos de un licor añejo o de un pastel de alubias fermentado. Yo sabía que se trataba del olor del comedor de la Brigada de Producción de la aldea de Ximen.

Dios mío, mis recuerdos como buey todavía permanecían en mi interior. ¿Todavía soy un buey? ¿Todo lo demás sólo ha sido un sueño? Comencé a luchar, peleando como si tratara de liberarme de una pesadilla.

Grité y me asusté de mí mismo. A continuación, dirigí la mirada a mi alrededor y descubrí que había una docena o más de trozos retorcidos de carne junto a mí. Algunos eran negros, otros blancos, otros amarillos, incluso había varios de color blanco y negro. Tumbada en el suelo, delante de todos esos trozos de carne, se encontraba una puerca blanca. Escuché la voz familiar de una mujer agradablemente sorprendida:

—¡Número dieciséis! ¡Dios mío! ¡Nuestra puerca ha parido una carnada de dieciséis lechones!

Parpadeé para limpiarme la mucosidad que me cubría los ojos. No necesitaba mirarme para saber que esta vez había regresado reencarnado en un cerdo y que todos esos trozos de carne que se retorcían y chillaban eran mis hermanos y hermanas. Sabía muy bien en qué tenía que haberme convertido y estaba furioso al ver cómo ese traidor del señor Yama me había vuelto a engañar. Cómo odiaba a los cerdos, esas bestias inmundas. Me habría conformado con haberme reencarnado de nuevo en forma de burro o de buey, pero no en forma de cerdo, condenado a revolearme por el lodo y las inmundicias. He decidido que me voy a morir de hambre, eso es lo que haré, para así poder regresar cuanto antes al inframundo y ajustar las cuentas con ese maldito señor Yama.

Era un bochornoso día de verano. Según mis cálculos —los girasoles que se encontraban detrás de la pared de la cochiquera todavía no habían florecido, aunque las hojas ya estaban grandes y rellenas—, nos encontrábamos en algún momento del sexto mes lunar. Había moscas por todas partes y las libélulas dibujaban círculos en el aire por encima de mi cabeza. Sentía que mis patas se hacían cada vez más fuertes y que mi sentido de la vista mejoraba con rapidez. Mientras la puerca paría su carnada, me di cuenta de que había dos personas cerca: una de ellas era la hija mayor de Huang Tong, Huzhu, y la otra era mi hijo, Ximen Jinlong. Mi piel se erizó al ver el rostro familiar de mi hijo y me empezó a doler la cabeza. Era casi como si una enorme forma humana, o un espíritu desquiciado, estuvieran confinados en mi diminuto cuerpo de lechón. ¡Me estoy asfixiando! ¡Miseria, oh miseria! ¡Dejadme salir, dejadme expandirme, dejadme mudar esta abominable piel de cerdo, crecer y recuperar la forma humana de Ximen Nao! Pero, por supuesto, nada de todo aquello fue posible. Luché como un loco, pero acabé en la palma de la mano de Huang Huzhu. Ella me pellizcó la oreja con el dedo y dijo:

—Jinlong, al parecer, éste sufre convulsiones.

—¿Y a quién le importa? La vieja puerca no tiene bastantes tetas para todos, así que sólo espero que se muera —dijo con encono.

—De eso nada, todos van a vivir.

Huzhu me dejó en el suelo y me limpió con un paño rojo suave. Era tan dulce. Su tacto era maravilloso. Sin pretenderlo, lancé ese maldito sonido que emiten los cerdos.

—¿Ya ha tenido la carnada? ¿Cuántos han sido? —aquella potente voz salía del exterior de la cochiquera y me resultaba familiar. Cerré los ojos invadido por la desesperación. No sólo reconocí la voz de Hong Taiyue, sino que incluso podía asegurar que había recuperado su puesto de oficial. Señor Yama, oh, señor Yama, todas esas dulces promesas que me hiciste sobre la posibilidad de reencarnarme como el hijo acomodado de un alto oficial en un país extranjero, cuando lo único que pretendías era enviarme a una cochiquera de la aldea de Ximen. Me has engañado, maldito sinvergüenza, completo mentiroso. Luché tratando de liberarme de las manos de Huzhu y aterricé en el suelo con un golpe seco. Lancé un chillido y me desmayé.

Cuando me desperté, me encontraba tumbado en un lecho de hojas, con el sol brillante que se filtraba a través de las ramas de un albaricoquero. El olor del yodo flotaba en el ambiente. El suelo estaba lleno de ampollas brillantes. Me dolían los oídos, al igual que el trasero, supe que me habían traído de regreso de las puertas de la muerte. De repente, ante mi vista se materializó un rostro encantador y me di cuenta de que pertenecía a la persona que me había puesto las inyecciones. Sí, era ella, mi hija, Ximen Baofeng. Se había preparado para ser la doctora del pueblo, aunque a menudo también trataba a los animales enfermos. Vestida con una camisa de cuadros azules de manga corta, parecía sentirse preocupada por algo. Pero siempre tenía ese aspecto. Me pellizcó la oreja con su frío dedo y dijo a la persona que estaba a su lado:

—Ahora se encuentra bien, así que ya puedes llevártelo de nuevo a la pocilga para que se amamante.

Hong Taiyue avanzó y me frotó mi piel sedosa con su mano áspera.

—Baofeng —dijo—, no pienses que curar a un cerdo supone desmerecer tu talento.

—Nunca he pensado tal cosa, secretario del Partido —respondió Baofeng sinceramente mientras cogía su equipo médico—. Por lo que a mí respecta, no hay ninguna diferencia entre los animales y los seres humanos.

—Me alegra oír eso —dijo Hong—. El Presidente Mao ha pedido al pueblo que críe cerdos. Criar cerdos es un acto político y cuando se hace un buen trabajo en ese sentido estás mostrando lealtad al Presidente Mao. ¿Entendéis lo que os digo, Jinlong y Huzhu? Huzhu asintió, pero Jinlong se apoyó contra el albaricoquero; fumaba un cigarrillo barato.

—Te he hecho una pregunta, Jinlong —dijo Hong, evidentemente enojado.

Jinlong levantó la cabeza.

—Te estoy escuchando, ¿no? —dijo—. ¿Quieres que te recite palabra por palabra la directiva del Presidente Mao sobre la necesidad de criar cerdos?

—Jinlong —dijo Hong mientras me acariciaba la espalda—. Sé que estás molesto, pero no debes olvidar que Li Renshun, de la aldea de Taiping, envolvió un pescado en un periódico con la imagen del Presidente Mao y fue condenado a ocho años. Ahora mismo, mientras hablo, está realizando trabajos forzados. ¡Tu problema es mucho peor que el suyo!

—Lo mío fue sin querer, ésa es la diferencia.

—Si lo tuyo hubiera sido intencionado, te habrían fusilado —respondió Hong, cuyo enfado iba en aumento—. ¿Sabes por qué te protejo? —preguntó, mientras desviaba la mirada hacia Huzhu—. En parte porque Huzhu y tu madre se pusieron de rodillas ante mí y me suplicaron. Pero la razón principal fue que yo lo sabía todo de ti. Procedes de un mala cuadra, pero creciste bajo la bandera roja y fuiste la clase de joven que queríamos promocionar en el periodo anterior a la Revolución Cultural. Eres un joven culto, un licenciado en educación media, justo lo que la revolución necesita. No pienses que criar cerdos es algo indigno para una persona de tu talento. Teniendo en cuenta las actuales circunstancias, ningún trabajo es más glorioso ni más arduo que criar cerdos. ¡Al asignarte aquí, el Partido está poniendo a prueba tu actitud hacia la línea revolucionaria del Presidente Mao!

Jinlong arrojó su cigarrillo al suelo, se incorporó e hizo una reverencia con la cabeza para recibir la reprimenda de Hong Taiyue.

—Vosotros dos estáis de suerte..., pero como el proletariado no ve con buenos ojos la suerte, será mejor que hablemos de las circunstancias.

Hong extendió la mano y yo estaba en ella.

—Nuestra puerca de la aldea ha parido una carnada de dieciséis lechones, algo insólito en toda la provincia. El gobierno del condado busca en este instante un modelo que permita criar cerdos —dijo, y bajando la voz, añadió entre susurros, con una nota de misterio—: Un modelo a seguir, ¿sabes a lo que me refiero? Conoces muy bien el significado de esa expresión, ¿verdad? Los arrozales de Dazhai son un modelo a seguir. Los campos de aceite de Daqing, en Xiadingjia, son un modelo a seguir. Incluso las danzas de las ancianas que se organizan en Xujiazhai son un modelo a seguir. Entonces, ¿por qué las granjas de cerdos de la aldea de Ximen no pueden ser un modelo a seguir? Lan Jinlong, hace unos años estableciste un modelo a seguir de ópera, ¿no es cierto? Llevaste a Jiefang y al buey de tu padre a la comuna, ¿verdad? ¿Acaso no estabas intentando crear modelos a seguir?

Jinlong levantó la mirada, con los ojos relucientes. Yo conocía perfectamente el temperamento de mi hijo y cómo en su mente aguda se formaban ideas brillantes que solían equivaler a lo que hoy se podría considerar como absurdas, pero que en aquel momento se elogiaban con entusiasmo.

—Me estoy haciendo viejo —dijo Hong—, y ahora que me han dado una segunda oportunidad, lo único que espero es hacer un buen trabajo en el desarrollo de la aldea y ser digno de la confianza de las masas y de mis superiores. Pero el porvenir de los jóvenes como tú es ilimitado. Mientras hagas todo lo que está en tu mano, podremos confiar en que triunfarás y, si surge algún problema, yo asumiré toda la responsabilidad.

Hong Taiyue señaló a los miembros de la comuna que se encontraban cavando zanjas y levantando paredes en el huerto de albaricoqueros.

—Dentro de un mes habrá doscientos criaderos de cerdos aquí, con el objetivo de asignar cinco cerdos a cada persona. Cuantos más cerdos criemos, más fertilizante conseguiremos y mayores serán las cosechas que obtengamos. Rollos de grano dentro, preocupaciones fuera; zanjas profundas, amplios graneros. No más hegemonía, sólo apoyo para la revolución en todo el mundo. Cada cerdo es una bomba que se arroja al corazón de los imperialistas, de los revisionistas y de los reaccionarios. Así que esta puerca nuestra, con su carnada de dieciséis lechones, nos ha traído dieciséis bombas. Las puercas viejas son cargueros que lanzarán todos nuestros ataques contra los imperialistas, los revisionistas y los reaccionarios de todo el mundo. Ahora los dos debéis comprender la importancia que tiene haberos asignado este puesto.

Clavé la mirada en Jinlong mientras escuchaba el grandioso discurso de Hong Taiyue. Ahora que había pasado por varias reencarnaciones, nuestra relación padre e hijo se había debilitado hasta llegar a convertirse en poco más que un vago recuerdo, en unas cuantas palabras inscritas en el registro familiar. El discurso de Hong Taiyue influyó en Jinlong como un potente estimulante, y puso a funcionar su mente e hizo que su corazón latiera con fuerza. Estaba ansioso por ponerse en marcha. Frotándose las manos excitado, se acercó a Hong, con las mejillas crispadas, sus orejas grandes y finas palpitando, y me preparé para escuchar el habitual dilatado monólogo que estaba a punto de pronunciar. Pero esta vez me equivoqué, ya que no hubo ningún monólogo. Los diversos reveses que le había dado la vida le hicieron madurar. Me cogió de las manos de Hong Taiyue y me sostuvo tan cerca de él que podía sentir cómo latía su corazón. Se acercó y me besó en la oreja. Ese beso algún día se convertiría en un detalle importante en el glorioso dosier del granjero de cerdos modelo Lan Jinlong: «Lan Jinlong realizó la resurrección boca a boca en un intento por salvar la vida a un lechón recién nacido, arrebatando al lechón de manchas púrpuras de las garras de la muerte. El lechón celebró su salvación con los chillidos propios de su especie. Pero Lan Jinlong, enervado por el esfuerzo, se desmayó en la cochiquera después de afirmar resueltamente:

»—¡Secretario del Partido Hong, de hoy en adelante, todos los cerdos son mi padre y todas las puercas son mi madre!».

—Eso es lo que quería oír —dijo Hong con alegría—. Los jóvenes que consideran que nuestros cerdos son sus madres y padres son exactamente lo que necesitamos.


En La vida y la muerte me están desgastando, Libro Tercero
Título Original: Shengsi pilao
Traductor: Carlos Ossés Torrón
Madrid, Editorial Kailas, 2009
Foto original color © Zhu Zheng/Xinhua Press/Corbis

Descarga: Enrique Lihn - Poesía de paso

17 de mayo de 2013 · 0 Comentarios


Descarga: Enrique Lihn - Poesía de paso

Poesía de Paso es sin duda el libro más importante del año. A través de un lenguaje densamente expresivo, trenzado en una modulación rítmica y sintáctica de primer orden, Enrique Lihn confirma en este libro su condición visionaria y su aptitud excepcional para trascender, universalizar, comunicar contagiosamente al lector sus más íntimas y personales experiencias.

Gaston Bachelard: Instante poético e instante metafísico

· 0 Comentarios





I

La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos, todo al mismo tiempo. Si sigue simplemente el tiempo de la vida, es menos que la vida; sólo puede ser más que la vida inmovilizando la vida, viviendo en el lugar de los hechos la dialéctica de las dichas y de las penas. Y entonces es principio de una simultaneidad esencial en que el ser más disperso, en que el ser más desunido conquista su unidad.

Mientras todas las demás experiencias metafísicas se preparan en prólogos interminables, la poesía se niega a los preámbulos, a los principios, a los métodos y a las pruebas. Se niega a la duda. Cuando mucho necesita un preludio de silencio. Antes que nada, golpeando contra palabras huecas, hace callar la prosa o el canturreo que dejarían en el alma del lector una continuidad de pensamiento o de murmullo. Luego, tras las sonoridades huecas, produce su instante. Y para construir un instante complejo, para reunir en ese instante gran número de simultaneidades, destruye el poeta la continuidad simple del tiempo encadenado.

Así, en todo poema verdadero se pueden encontrarlos elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que no sigue el compás, de un tiempo al que llamaremos vertical para distinguirlo de un tiempo común que corre horizontalmente con el agua del río y con el viento que pasa. De allí cierta paradoja que es preciso enunciar con claridad: mientras que el tiempo de la prosodia es horizontal, el tiempo de la poesía es vertical. La prosodia sólo organiza sonoridades sucesivas; rige cadencias, administra fugas y conmociones, ron frecuencia, ¡ay!, a contratiempo. Aceptando las consecuencias del instante poético, la prosodia permite acercarse a la prosa, al pensamiento explicado, a los amores tenidos, a la vida social, a la vida corriente, a la vida que corre, lineal y continua. Mas todas las reglas prosódicas son sólo medios, viejos medios. El fin es la verticalidad, la profundidad o la altura:, es el instante estabilizado en que, ordenándose, las simultaneidades demuestran que el instante poético tiene perspectiva metafísica.

El instante poético es entonces necesariamente complejo: conmueve, prueba —invita, consuela—, es sorprendente y familiar. En esencia, el instante poético es una relación armónica de dos opuestos. En el instante apasionado del poeta hay siempre un poco de razón; en la recusación razonada queda siempre un poco de pasión. Las antítesis sucesivas gustan al poeta. Mas para el encanto, para el éxtasis, es preciso que las antítesis se contraigan en ambivalencia. Entonces surge el instante poético... El instante poético es cuando menos conciencia de una ambivalencia. Pero es más, porque es una ambivalencia excitada, activa-dinámica. El instante poético obliga al ser a valuar o devaluar. En el instante poético, el ser sube o baja, sin aceptar el tiempo del mundo que reduciría la ambivalencia o la antítesis y lo simultáneo a lo sucesivo.

Esa relación de la antítesis o de la ambivalencia se verificará fácilmente si se está dispuesto a comulgar con el poeta, quien, con toda evidencia, vive en un instante ambos términos de sus antítesis. Al segundo término no lo llama el primero. Ambos términos nacieron juntos. Desde ese momento se encontrarán los verdaderos instantes poéticos de un poema en todos los puntos en que el corazón humano pueda invertir las antítesis. De una manera más intuitiva, la ambivalencia bien urdida se revela por su carácter temporal: en vez del tiempo masculino y valiente que se lanza y que rompe, en vez del tiempo suave y sumiso que lamenta y que llora, he aquí el instante andrógino. El misterio poético es un androginia.


II

Mas, ¿es tiempo todavía ese pluralismo de acontecimientos contradictorios encerrados en un solo instante? ¿Es tiempo toda esa perspectiva vertical que domina el instante poético? Sí, pues las simultaneidades acumuladas son simultaneidades ordenadas. Dan al instante una dimensión puesto que le dan un orden interno. Ahora bien, el tiempo es un orden y no otra cosa. Y todo orden es un tiempo. El orden de las ambivalencias en el instante es, por tanto, un tiempo.

Y es ese tiempo vertical el que descubre el poeta cuando recusa el tiempo horizontal, es decir, el devenir de los otros, el devenir de la vida y el devenir del mundo. Estos son entonces los tres órdenes de experiencias sucesivas que deben desatar al ser encadenado en el tiempo horizontal.

1. Acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de los demás; romper los marcos sociales de la duración.
2. Acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de las cosas; romper los marcos fenoménicos de la duración.
3. Acostumbrarse —difícil ejercicio— a no referir el tiempo propio al tiempo de la vida: no saber si el corazón late, si la dicha surge; romper los marcos vitales de la duración.

Entonces y sólo entonces se logra la referencia auto-sincrónica, en el centro de sí mismo y sin vida periférica. Toda la horizontalidad llana se borra de pronto. El tiempo no corre. Brota.


III

Para conservar o, mejor dicho, para recobrar ese instante poético estabilizado, hay poetas, como Mallarmé, que violentan directamente el tiempo horizontal, que invierten la sintaxis, que detienen o desvían las consecuencias del instante poético. Las prosodias complejas ponen guijarros en el arroyo para que las ondas pulvericen las imágenes fútiles, y para que los remolinos quiebren los reflejos. Leyendo a Mallarmé, de pronto se tiene la impresión de un tiempo recurrente que viene a acabar instantes acabados. Entonces se viven tardíamente los instantes que habrían tenido que vivirse: sensación ésta tanto más extraña cuanto que no participa en ningún lamento, en ningún arrepentimiento ni en ninguna nostalgia. Simple y sencillamente está hecha de un tiempo trabajado que a veces sabe poner el eco ante la voz y la negativa ante la confesión.

Otros poetas más felices captan naturalmente el instante estabilizado. Como los chinos, Baudelaire ve la hora en el ojo de los gatos, la hora insensible en que la pasión es tan completa que desdeña realizarse: «En el fondo de sus ojos adorables veo siempre la hora claramente, siempre la misma, es una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin divisiones de minutos ni de segundos, una hora inmóvil que no marcan los relojes...[1] Para los poetas que así realizan el instante fácilmente, el poema no se desarrolla sino se trama, se teje de nudo en nudo. Su drama no se efectúa. Su mal es una flor tranquila.

En equilibrio a la medianoche, sin esperar nada del soplo de las horas, el poeta se despoja de toda vida inútil; siente la ambivalencia abstracta del ser y del no ser. En las tinieblas ve mejor su propia luz. La soledad le brinda el pensamiento solitario, un pensamiento sin desviación, un pensamiento que se eleva y se apasiona exaltándose puramente.

El tiempo vertical se eleva. A veces también se hunde. Para quien sabe leer El cuervo, medianoche nunca más suena horizontalmente. Suena en el alma bajando, bajando... Raras son las noches en que tengo el valor de bajar hasta el fondo, hasta la duodécima campanada, hasta la duodécima herida, hasta el duodécimo recuerdo... Entonces vuelvo al tiempo llano; encadeno, me reencadeno y vuelvo al lado de los vivos, vuelvo a la vida. Para vivir es preciso traicionar fantasmas...

A lo largo de ese tiempo vertical —bajando— se escalonan las peores penas, las penas sin causalidad temporal, las penas agudas que traspasan un corazón por una nada, sin languidecer jamás. A lo largo del tiempo vertical —subiendo— se consolida el consuelo sin esperanza, ese extraño consuelo autóctono y sin protector. En pocas palabras, todo aquello que nos desliga de la causa y de la recompensa, todo aquello que niega la historia íntima y el deseo mismo, todo aquello que devalúa a la vez el pasado y el porvenir está allí, en ese instante poético. ¿Se desea un estudio de un pequeño fragmento del tiempo vertical? Que se tome el instante poético del lamento sonriente, en el momento mismo en que la noche duerme y estabiliza las tinieblas, en que las horas apenas respiran y en que la soledad por sí sola es ya un remordimiento. Los polos ambivalentes del lamento sonriente casi se tocan. La menor oscilación sustituye al uno por el otro. El lamento sonriente es por tanto una de las ambivalencias más sensibles de un corazón sensible. Pues bien, con toda evidencia se desarrolla en un tiempo vertical, puesto que ninguno de los dos momentos, ni la sonrisa ni el lamento, es su antecedente. Aquí, el sentimiento es reversible o, mejor dicho, la reversibilidad del ser está aquí sentimentalizada: la sonrisa lamenta y el lamento sonríe, el lamento consuela. Ninguno de los tiempos expresados sucesivamente es causa del otro, y por lo tanto es prueba de que están mal expresados en el tiempo sucesivo, en el tiempo horizontal. Pero aun así hay del uno al otro un devenir, devenir que no se puede experimentar sino verticalmente, subiendo, con la impresión de que el lamento se aligera, de que el alma se eleva y de que el fantasma perdona. Entonces en verdad florece la desdicha. De tal suerte que un metafísico sensible encontrará en el lamento sonriente la belleza formal de la desdicha. En función de la causalidad formal comprenderá el valor de desmaterialización donde se reconoce el instante poético. Nueva prueba ésta de que la causalidad formal se desarrolla en el interior del instante, en el sentido de un tiempo vertical, mientras que la causalidad eficiente se desarrolla en la vida y en las cosas, horizontalmente, agrupando instantes de intensidades diversas.

Naturalmente, dentro de la perspectiva del instante se pueden experimentar ambivalencias de mayor alcance: «De muy niño sentí en el corazón dos sentimientos contradictorios: el horror por la vida y el éxtasis ante la vida».[2] Los instantes en que esos sentimientos se experimentan juntos inmovilizan el tiempo, pues experimentan juntos vinculados por el interés fascinante ante la vida. Llevan al ser fuera de la duración común. Y esa ambivalencia no se puede escribir en tiempos sucesivos como un vulgar balance de alegrías y de penas pasajeras. Opuestos tan vivos y tan fundamentales derivan de una metafísica inmediata. Su oscilación se vive en un solo instante, mediante éxtasis y caídas que incluso pueden oponerse a los acontecimientos: el mismo hastío de la vida llega a invadirnos en el gozo tan fatalmente como el orgullo en la desgracia. Los temperamentos cíclicos que en la duración habitual y siguiendo a la luna desarrollan estados contradictorios no ofrecen sino parodias de la ambivalencia fundamental. Sólo una psicología profunda del instante podrá darnos los esquemas necesarios para comprender el drama poético esencial.


IV

Por lo demás, es sorprendente que uno de los poetas que han captado con mayor fuerza los instantes decisivos del ser sea el poeta de las correspondencias. La correspondencia baudelairiana no es, como muy frecuentemente se ha manifestado, una simple transposición que dé un código de analogías sensuales. Es una suma del ser sensible en un solo instante. Pero las simultaneidades sensibles que reúnen los perfumes, los colores y los sonidos no hacen más que preparar simultaneidades más lejanas y más profundas. En esas dos unidades de la noche y de la luz se encuentra la doble eternidad del bien y del mal. Por lo demás, lo que tienen de «vasto» la noche y la claridad no debe sugerirnos una visión espacial. La noche y la luz no se evocan por su extensión, por su infinito, sino por su unidad. La noche no es un espacio. Es una amenaza de eternidad. Noche y luz son instantes inmóviles, instantes oscuros o luminosos, alegres o tristes, oscuros y luminosos, alegres y tristes. Nunca el instante poético fue más completo que en ese verso donde se le puede asociar a la vez con la inmensidad del día y de la noche. Nunca se ha hecho sentir tan físicamente la ambivalencia de los sentimientos, el maniqueísmo de los principios.

Meditando por ese camino se llega pronto a esta conclusión:toda moralidad es instantánea. El imperativo categórico de la moralidad nada tiene que ver con la duración. No tiene ninguna causa sensible, no espera ninguna consecuencia. Va directo y verticalmente por el tiempo de las formas y de las personas. El poeta es entonces guía natural del metafísico que quiere comprender todas las fuerzas de uniones instantáneas, el ímpetu del sacrificio, sin dejarse dividir por la dualidad filosófica burda del sujeto y del objeto, sin dejarse detener por el dualismo del egoísmo y del deber. El poeta anima una dialéctica más sutil. En el mismo instante, revela a la vez la solidaridad de la forma y de la persona. Demuestra que la forma es una persona y que la persona es una forma. La poesía es así un instante de la causa formal, un instante de la fuerza personal. Entonces se desinteresa de lo que rompe y de lo que disuelve, de una duración que dispersa «ecos. Busca el instante. Sólo necesita del instante. Crea el instante. Fuera del instante sólo hay prosa y canción. En el tiempo vertical de un instante inmovilizado encuentra la poesía su dinamismo específico. Hay un dinamismo puro de la poesía pura. Es el que se desarrolla verticalmente en el tiempo de las formas y de las personas.


Notas
[1] Baudelaire, Oeuvres, tomo l, Pleiade, p. 429
[2] Baudelaire, Mon coeurmis á nu, p. 88


Incluido en La intuición del instante (1932)
Publicado originalmente en 1939, en el número 2 de la revista Messages: Métaphysique el poésie
Traducción: Jorge Ferreiro
Mexico, Fondo de Cultura Económica, 2002
Foto: GB Paris, 196, por Bernard Pascucci

Descarga: Carlos Drummond de Andrade - 50 poemas escogidos (Edición de Rodolfo Alonso)

16 de mayo de 2013 · 0 Comentarios



Descarga: Carlos Drummond de Andrade - 50 poemas escogidos (Edición de Rodolfo Alonso)

Capaz de ser al mismo tiempo absolutamente renovador y legítimamente nacional, en el mejor sentido, el modernismo brasileño constituye una prueba evidente de la originalidad de las vanguardias latinoamericanas, tantas veces acusadas de ser mero reflejo de recursos europeos. Y, con ser originalísima, la obra de Carlos Drummond de Andrade se vuelve también significativa en ese contexto modernista, del cual constituye muy probablemente el paradigma. Popular sin demagogia, discreta sin pavoneos, distante pero cálida, precisa sin frialdad, incluso en sus comienzos abiertamente comprometida pero con tal intensidad de vida y de lenguaje que sus poemas de ese tipo continúan en vigencia y conmoviéndonos; el desarrollo de la poesía de Drummond constituyó para nosotros, y especialmente para mí, una experiencia enriquecedora donde lo estético y lo humano se daban como evidencia viva, lograda, cabal, y al mismo tiempo temblorosamente inerme, transida, contagiosa.

Don DeLillo - Las confesiones de Benno Levin

· 0 Comentarios



Don DeLillo ©Deborah Feingold/Corbis


Noche

Está muerto punto por punto. Le di la vuelta y lo miré. Tenía los ojos misericordiosamente cerrados. ¿Qué tendrá que ver la misericordia con esto? Noté un breve ruido en la garganta que tardaría semanas en describir si de hecho lo intentara. ¿Cómo extraer palabras de los sonidos? Son dos sistemas autónomos que penosamente tratamos de vincular.

Esto se asemeja a algo que él mismo diría. Debe de ser que de nuevo pronuncio sus palabras, pues no me cabe duda de que lo dijo una vez, al pasar por delante de mi terminal de trabajo, hablando con quien estuviera con él, refiriéndose a tal y cual cosa. Espejos e imágenes. O el sexo y el amor. Son dos sistemas autónomos que penosamente tratamos de vincular.

Permítaseme hablar por mí mismo. Yo tenía un trabajo y una familia. Me esforzaba por amarlos y mantenerlos. ¿Cuántos entre ustedes conocen la verdadera y amarga fuerza de esa simple aportación verbal? Siempre me dijeron que era inconstante, veleidoso. Él es veleidoso. Tiene problemas de personalidad e higiene. Camina no sé cómo, tiene gracia. Nunca he oído una sola de estas afirmaciones, pero sé que se vertían, tal como se percibe algo en la mirada de una persona, algo que no es preciso verbalizar.

Hice una amenaza telefónica que ni siquiera yo me creí. Se tomaron la amenaza como algo verosímil, cosa que yo ya sabía que iban a hacer, considerando mis conocimientos de la empresa y el personal. En cambio, no sabía cómo localizarlo. Se desplazaba por toda la ciudad sin atender a un trayecto rutinario. Tenía escolta armada. El edificio en que vivía era inabordable, habida cuenta de mi actual situación de atuendo aleatorio. Y así lo acepté. Ni siquiera en la empresa era fácil encontrar su despacho. Cambiaba en todo momento. O bien lo evacuaba para trabajar en otra parte, o para trabajar dondequiera que estuviese, o para trabajar en el domicilio, en el anexo, porque en realidad nunca separaba la vida particular del trabajo, o incluso para viajar y pensar, para dedicar el tiempo a leer en la casa a la orilla del lago, en las montañas, que se rumoreaba que poseía.

Mis obsesiones son objetos mentales, que no pasan a la acción.

Ahora me encuentro en una posición desde la que puedo conversar con su cadáver. Puedo hablarle sin que nada ni nadie me interrumpa ni me corrija. No me puedo decir que tal o cual cosa sea lo que cuenta, o que me estoy poniendo yo solo porque soy el hazmerreír de medio mundo, porque no doy una a derechas ni sé sumar dos más dos. Ése es el delito que él tenía en el altar de su galería de horrores imperdonables.

Cuando trato de reprimir mi cólera sufro ataques de hwabyung (Corea). Son más que nada brotes de pánico cultural que me pesco en Internet.

He sido profesor adjunto de aplicaciones informáticas. A lo mejor ya lo he dicho antes, en un instituto de enseñanza media. Luego lo dejé para amasar mi milloncejo correspondiente.

El lápiz con que escribo es amarillo, lleva el número 2. Quiero dejar constancia de las herramientas que empleo.

Siempre tuve conciencia de lo que se decía con palabras, con miradas. Lo que da realidad a una persona es lo que la gente cree ver en los demás. Si creen que camina con cierta cojera, entonces es que la tiene y encima no coordina bien, porque ése es el papel que se le atribuye en las vidas de quienes le rodean. Y si dicen que no le sienta bien su vestimenta, aprenderá a descuidar por completo su guardarropa, como si fuera un medio de mofarse de ellos y de autoimponerse un castigo.

Mentalmente hago discursos a todas horas. Ustedes también, aunque no siempre. Yo los hago a todas horas: largos discursos destinados a alguien a quien nunca logro identificar del todo. Pero estoy empezando a pensar que es él.

Tengo mi papel, tamaño A-4, rayado en azul. Quiero escribir diez mil páginas. Pero ya veo que empiezo a repetirme. Me repito.

Tras liquidarlo le revisé los bolsillos uno por uno y no encontré nada. Uno lo tenía desgarrado. Tenía una herida costrosa y morada en la cabeza, aunque no me interesa describirla. Me interesa el dinero. Yo iba en busca de dinero. Tenía la mitad del pelo recién cortado, no así la otra mitad. Iba calzado, pero sin calcetines. El olor corporal era un asco.

Hurto la corriente eléctrica de una farola para el suministro de mi espacio vital. Dudo que esto se le haya pasado por la cabeza.

He sufrido infinidad de reveses, pero no soy uno de esos mendicantes que se ven por la calle, que viven y piensan en un margen de contados minutos. Filosóficamente resido en los confines de la tierra. Colecciono cosas, es verdad, que encuentro en las aceras de la ciudad. Lo que la gente desperdicia podría formar una nación. A veces oigo mi propia voz cuando hablo. Hablo con alguien y oigo mi voz, en tercera persona, que colma el aire que me rodea.

Las ventanas las selló a cal y canto el ayuntamiento cuando condenaron el edificio a la demolición. Solté uno de los tablones para que al menos se ventile un poco. No llevo una vida alejada de la realidad. Llevo una vida de lo más práctica, en la que lo que importa es volver a empezar de cero, pero con los valores de la clase media intactos. Si derribo las paredes es porque no quiero vivir en un conjunto de minúsculos cuadriláteros en donde han vivido otras personas, puertas, pasillos estrechos, familias enteras con sus apiñadas vidas, tantos pasos hasta la cama, tantos pasos hasta la puerta. Quiero vivir una vida de la mente abierta a todo, en la que puedan medrar mis Confesiones.

Pero hay ocasiones en las que me gustaría frotarme contra una pared o una puerta, por la simpatía que entrañe el contacto.

Quería su dinero de bolsillo por las cualidades personales que comportase, no por el valor que tuviera en sí. Quería su intimidad y su contacto, su tacto, la mancha dejada por su personal suciedad. Quería frotarme la cara con los billetes, para no olvidar por qué le pegué un tiro.

Durante un rato no pude evitar el mirar en todo momento el cadáver. Le registré el interior de la boca en busca de síntomas de pudrición. Fue entonces cuando oí el regurgito en su garganta. Se apoderó de mí la certeza expectante de que me iba a hablar. No me importaría hablar otro poco con él. Tras todo lo que nos dijimos en la larga noche comprendo que aún me restan cosas por decir. Se me agolpan en la cabeza grandes temas que tratar. Los temas de la soledad y el despojo humano. El tema de quién será quien yo odie cuando no quede nadie.

El complejo es la unidad de inteligencia de la empresa. Allí llamé para verter mi amenaza si acaso vacua. Sabía que iban a interpretar mis comentarios como si obedecieran al conocimiento especializado de un ex empleado, y que recopilarían rápidamente datos a partir de esa idea. Me pareció satisfactorio decirles a ellos en persona cómo se llamaban, incluso el nombre de soltera de la madre de alguno, a modo de brillante, revelador embate, y detallar los procedimientos de rutina. Me había colado en sus cabezas, había hecho contacto. No tenía por qué cargar yo solo con el peso.

Dispongo de mi escritorio, que me traje a rastras desde la acera, por el callejón, por las escaleras. Fue una tarea que me llevó días enteros, gracias a un sistema de cuñas y cuerdas. Dos días enteros necesité para ello.
Nunca llegué a sentir una distinción, a lo largo del tiempo, entre el niño y el hombre, el mozo y el hombre. De niño, nunca fui consciente de serlo tal como se suele aplicar el término. Me siento como lo que siempre he sido.

Antes le escribía misivas, después de que me dieran carta de libertad, pero lo dejé porque sabía que era patético. También sabía que en mi vida había algo necesitado de ese patetismo, pero me impuse la obligación de romper el contacto. El hecho de que nunca llegara a ver las misivas era lo de menos. Yo iba a verlas. Lo crucial era el escribirlas, el verlas con mis propios ojos. Piénsese cómo me sorprendió el no tener que acecharlo, rondarlo, atraparlo, cosa que estaba impedido de hacer, obcecado por las fuerzas contrapuestas en lo referente a si muere o no muere.

Daba lo mismo qué les dijera por teléfono, daba igual con qué rapidez recopilaran los datos: ¿cómo iban a localizarme en donde vivo ahora, como vivo ahora?

No poseo reloj de pulsera ni de sobremesa. Pienso en la duración de mi propia cuerda vital por contraste con la vastedad de las numeraciones, la existencia de la Tierra, de las estrellas, la incoherencia de los años luz, la edad del universo, etcétera.

El mundo presuntamente ha de significar algo que esté contenido en sí mismo. Pero es que nada se halla contenido en sí mismo. Todo se introduce en alguna otra cosa.

La nimiedad de mis días se derrama en los años luz. Por eso tan sólo puedo fingir que soy alguien. Y por eso me sentí mera derivación al principio, cuando trabajaba en estas páginas. No sabía siquiera si era yo el que estaba escribiendo, o si se trataba de alguien a quien me apetecía parecerme mediante la palabra.

Aun tengo un banco que visito sistemáticamente para contemplar de forma literal los ultimísimos dólares que quedan en mi cuenta. Si lo hago es por la psicología en curso que de ello se desprende, por constatar que dispongo de dinero en una entidad. Y porque los cajeros automáticos tienen un carisma que aún me dice mucho.

Trabajo en este diario mientras un hombre yace muerto a tres metros de mí. Me intriga. Tal vez sean tres y medio. Dijeron que tenía taras, problemas de pura normalidad, y me rebajaron a ocuparme de las divisas de menor relevancia. Me convertí en un elemento técnico de segunda fila en la empresa, un mero hecho técnico. Para ellos, era mano de obra no cualificada. Y lo acepté. Luego me despiden sin previo aviso, sin indemnización por cese. Y lo acepté.

Uno de mis síndromes es el que llaman de conducta agitada y confusión extrema. En Haití y África oriental, traducido, lo llaman ráfagas de delirio. En el mundo de hoy en día todo se comparte. ¿Qué clase de desdicha es la que no se puede compartir?

No leía por placer. No he leído nunca por placer, ni siquiera de niño. Tómese como se quiera. Pienso demasiado en mí mismo. Me estudio. Me pone enfermo. Pero eso es todo cuanto me queda. No soy nada más. Mi presunto ego es algo retorcidillo, probablemente no muy distinto del de ustedes, aunque al mismo tiempo puedo decir con total certeza que está activo, henchido de importancia, y que vive grandes derrotas y no menores triunfos a todas horas. Tengo una bicicleta estática a la que le falta un pedal. Alguien se la dejó una noche en la calle.

También tengo a mano el tabaco. Me agrada sentirme como un escritor cigarrillo en mano. Sólo que no me queda ni uno, se han esfumado, el paquete contiene hebras sueltas al fondo, que ya he lamido hasta agotar su existencia, y me tienta olisquearle el aliento al muerto, a ver a qué sabe lo que allí dentro quede, el habano que se fumó hace una semana en Londres.

A lo largo del día me he ido convenciendo de que no podría hacerlo. Luego lo hice. Ahora he de recordar el porqué.

Pensé que iba a dedicar la cantidad de años que sea necesaria para escribir diez mil páginas y que así entonces tendrían ustedes constancia, la literatura de una vida en estado de vigilia, en reposo, porque también los sueños, y las pequeñas cuchillas de la memoria, y todos los hábitos lamentables, todos los disimulos, todo lo que me rodea quedaría recogido, los ruidos de la calle, pero ahora comprendo por vez primera que todo el pensamiento y toda la escritura del mundo no alcanzarían a describir lo que sentí en el horroroso instante en que disparé el arma y lo vi desplomarse. Así pues, ¿qué queda que valga la pena relatar?


En Cosmópolis
Traducción: Miguel Martínez
Imagen: Deborah Feingold/Corbis

Descarga: Lewis Carroll - Alicia anotada (Edición de Martin Gardner)

15 de mayo de 2013 · 0 Comentarios


Descarga: Lewis Carroll - Alicia anotada (Edición de Martin Gardner)

La presente edición es, sin lugar a dudas, la más importante realizada hasta la fecha, pues a las dos obras maestras de Lewis Carroll —y a las no menos magistrales ilustraciones de Tenniel— han venido a unirse las notas y comentarios de Martin Gardner. El autor de esta edición anotada, columnista de 'Scientific American' durante más de veinte años, matemático y ensayista original, era quizá, por su profesión y aficiones, la persona más apropiada para realizar esta labor, arrojando nueva y definitiva luz sobre un texto complicado pero delicioso. No en vano, Charles Dodgson (esto es, Lewis Carroll) fue también profesor de Lógica y Matemáticas, como el anotador, dejando en sus libros la huella inequívoca de su sutilísimo humor, entretejido de constantes combinaciones y variables imprevistas. A la calidad de los textos, y al meticuloso cuidado con el que ha realizado su traducción Francisco Torres Oliver, viene por último a unirse la magnífica presentación de los textos e ilustraciones. Creemos que el conjunto constituye por todo ello una edición auténticamente imprescindible.

Kjell Askildsen: El rostro de mi hermana

· 0 Comentarios





Una tarde de noviembre, subiendo las escaleras hasta mi apartamento, en el segundo piso, me percaté de que sobre mi puerta se dibujaba una sombra. Comprendí de inmediato que procedía de alguien que se encontraba entre la puerta y la lamparita de la entrada del desván, y me detuve. Se habían cometido muchos robos en las casas del barrio en los últimos tiempos, también algún que otro atraco, seguramente debido al aumento del desempleo, y tenía razones fundadas para suponer que la persona que estaba inmóvil en la escalera del desván no deseaba ser vista. Por eso me di vuelta, disponiéndome a bajar de nuevo; sé por experiencia que debe evitarse descubrir a quien desea permanecer oculto. Después de haber bajado unos cuantos peldaños, oí pasos detrás de mí y me asusté, hasta que escuché a alguien pronunciar mi nombre. Era Oskar, el marido de mi hermana, y aunque no lo tenía en gran estima, respiré aliviado.

Volví a subir, y como inmediatamente comprendí que no podría evitar invitarlo a entrar, le estreché la mano. Colgamos los abrigos en el perchero de la reducida entrada, luego lo precedí hasta el salón y encendí las dos lámparas de pie. Se quedó plantado en medio de la habitación mirando a su alrededor. Dijo que nunca había estado allí. No, supongo que no, dije. Me preguntó que cuánto tiempo llevaba viviendo allí. Seis años, contesté. Pues sí, eso será, dijo él. Sí, asentí yo. Se quitó las gafas y se restregó un ojo. Lo invité a sentarse, pero se quedó de pie, limpiándose las gafas con un gran pañuelo mientras miraba al infinito, medio a ciegas, con los ojos entornados. Por fin volvió a ponerse las gafas. Pero si tienes teléfono, dijo. Sí, asentí. Pues no apareces en la guía, señaló él. No, contesté. Me senté. Él me miró. Le pregunté si le apetecía un café. No, gracias, contestó, además, iba a irse enseguida. Se sentó frente a mí. Dijo que lo enviaba mi hermana, ella quería que fuera a verla, se había torcido un tobillo y quería hablarme de algo, él no sabía de qué, no se lo había querido decir, aunque, sí, por lo visto tenía algo que ver con la infancia, y cuando él le había dicho que por qué no me escribía, ella se había puesto histérica, había destapado un tubo de cola y lo había vaciado sobre la alfombra. ¿Un tubo de cola de pegar?, pregunté. Sí, contestó, cola para pegar fotos, estaba pegando unas fotos que se habían despegado de las páginas de un viejo álbum. Oskar volvió a quitarse las gafas para restregarse un ojo, luego volvió a sacar el pañuelo y se puso a limpiar los cristales. Voy a llamarla, dije. Sí, asintió él, así al menos sabrá que he estado aquí. Por cierto, prosiguió, si me das tu número de teléfono, podrá llamarte cuando quiera algo, así no tendré que atravesar media ciudad para venir a verte. No quería darle mi número, pero para no ofenderlo, dije que no lo recordaba. Me escrutó a través de sus gruesas lentes, resultaba algo incómodo, suelo mentir sólo como autodefensa, y en esos casos es probable que se me note, al menos tuve la sensación de que ese era exactamente el caso, y añadí que era un número que nunca usaba, pues uno no suele llamarse a sí mismo. No, claro que no, dijo, y lo dijo de un modo que me irritó, pues me sentía como si me hubiera regañado, y salí a coger el tabaco del bolsillo de la gabardina. Por desgracia no tengo otra cosa que ofrecerte que café, dije. Él no contestó. Me senté y encendí un pitillo. Tú sí que tienes suerte, dijo él. ¿Ah sí? Vives aquí completamente solo, señaló. Bueno, objeté, aunque estaba de acuerdo con él. Yo a veces no sé dónde meterme, dijo. No contesté. Me voy, dijo levantándose. Me dio un poco de pena, de modo que dije: ¿No estáis bien? No, contestó. Fue hacia la puerta. Lo seguí. Lo ayudé a ponerse la gabardina. Dijo: Se pondrá muy contenta si la llamas. Dice que eres la única persona que la quiere.

Seguramente tendría el teléfono al alcance de la mano, porque lo cogió de inmediato. Dije quién era. Ay, Otto, cuánto me alegro. Daba la sensación de ser sincera y no parecía histérica, y la conversación que siguió transcurrió en un tono calmado y amistoso. Al cabo de un rato me invitó a ir a verla, y yo acepté. Luego dijo: Porque no te habrás olvidado de nosotros, ¿no? ¿Olvidado de vosotros?, pregunté. No, dijo ella, de nosotros, de ti y de mí. No, dije. ¿Vienes mañana?, preguntó. Vacilé. Sí, contesté. ¿Sobre la una? Sí, asentí.

Al colgar el tubo del teléfono me sentía contento, casi eufórico, una sensación que me invade a menudo cuando he superado alguna dificultad, y me di un homenaje sirviéndome un cuarto de vaso de whisky, algo que no suelo hacer a esa hora del día. Mi euforia duraba, tal vez gracias al whisky, y me permití otro cuarto de vaso. Cerca de las siete y media salí de mi casa y me dirigí al Koryfee, un café que no hace honor a su nombre pero donde a veces me tomo una o dos cervezas.

Allí me encontré con Karl Homann, un hombre de mi edad que vive en el barrio y con quien tengo una relación algo forzada porque en una ocasión me salvó la vida. Por suerte no estaba solo, así que cuando me invitó a sentarme con él, me pareció que podía permitirme buscar una mesa para mí solo. Fui hacia el fondo del local. El hecho de haber tenido el coraje de rechazar su invitación me había alterado de tal manera que no descubrí a Marion, una mujer con quien había tenido una relación no del todo carente de dolor, hasta después de haberme sentado. Estaba sentada tres mesas más allá. Hojeaba un periódico y posiblemente aún no me había visto. Tampoco yo habría tenido necesariamente que verla a ella, y pedí una cerveza mientras esperaba la evolución de los hechos. No obstante, había algo insoportable en esa situación, y forcé que nuestras miradas se cruzaran. Y cuando al rato ella levantó la vista del periódico y me miró, comprendí que me había descubierto hacía tiempo. Le sonreí y levanté mi vaso. Ella levantó el suyo, dobló el periódico y se acercó a mi mesa. Me levanté. Otto, dijo, y me dio un abrazo. Luego añadió: ¿Puedo sentarme? Claro, contesté, pero me iré pronto, voy a casa de mi hermana. Cogió su vaso. Parecía algo alterada. Dijo que estaba encantada de verme, y yo dije que estaba encantado de verla a ella. Dijo que pensaba a menudo en mí. No contesté, aunque yo también pensaba en ella, pero, eso sí, con sentimientos algo contradictorios, en parte debido a su vehemencia sexual, a la que yo no había logrado corresponder, lo que en una ocasión, la última, le había hecho exclamar que un coito no es una misa. Le pregunté, para desviar la conversación, cómo se encontraba, y charlamos tranquilamente hasta que apuré mi vaso y dije que tenía que marcharme. Entonces ella también se iría, dijo. Después, al levantarnos, añadió: Si no hubieras tenido que ir a ver a tu hermana, ¿habrías querido venir a mi casa? Me habría sentido tentado, le contesté. Llámame alguna vez, dijo. Sí, contesté.

Me acompañó hasta la parada del autobús, allí se apretó contra mí, susurrando palabras atrevidas y frívolas que le hubieran causado un dilema mayor a mi cuerpo de no haber llegado el autobús, pero llegó, y ella volvió a decir: Llámame. Sí, contesté.

Me bajé en la siguiente parada, y llevado por la autoestima que la invitación de Marion me había proporcionado —es una mujer hermosa— me dirigí al bar más próximo. Pero sólo llegué hasta la puerta; cuando la abrí y vi la cantidad de gente que había y oí la estruendos a música, me faltó el valor. Es una situación a la que estoy muy acostumbrado, esa aterradora sensación de alienación en un lugar desconocido, así que cerré la puerta y me fui a casa.

Aquella noche me desperté de un sueño que tal vez estuviera influido por esa autoestima que me había proporcionado Marion. Era un sueño de gran contenido erótico, y al contrario de lo que solía ocurrir en esa clase de sueños, en los que el rostro de la mujer —o de las mujeres— es desconocido o incluso se ha borrado, las facciones de aquella mujer aparecieron de repente muy nítidas, sin que eso hiciera disminuir mi deseo. Era el rostro de mi hermana.

Abrió la puerta antes de que me diera tiempo de llamar al timbre. Se apoyaba en dos muletas. Te vi llegar, dijo. Entiendo, dije. Me abrazó y se le cayó una muleta. Me agaché a recogerla. Deja que me apoye, dijo, rodeándome el hombro con el brazo. Lo hice, es decir, ella se apoyó en mí. Fue a pata coja junto a mí hasta el salón y se colocó junto a una mesa baja ya preparada. Cuando volví a entrar tras haber colgado mi gabardina, comimos sándwiches y hablamos de su pie. Miré a escondidas la alfombra, pero no vi ni rastro de pegamento para fotos.

Después de hablar un rato de todo y de nada, ella dijo: Te pareces cada vez más a papá. Como pensaba que ella sabía qué clase de relación había mantenido con él, me lo tomé un poco a mal, pero no dije nada. Me levanté a buscar un cenicero. ¿Adónde vas?, preguntó. A buscar un cenicero, contesté. Me indicó dónde podía encontrar uno, y fui a la cocina. Cuando volví a entrar me dijo que había pensado mucho en mí últimamente, en nosotros, que era una pena que no nos viéramos más a menudo ella y yo, que tan unidos habíamos estado el uno al otro. Bueno, dije, cada uno va forjando su propia vida. ¿Nunca me echas de menos?, preguntó. Claro que sí, contesté. Deberías saber lo sola que me siento muchas veces, dijo. Sí, asentí. Tú también estás solo, señaló ella, lo sé, te conozco. Ha pasado mucho tiempo desde que me conocías, dije. No has cambiado, dijo. Sí, contesté. ¿En qué sentido?, preguntó. No contesté. Luego dije: Acabas de decir que me parezco cada vez más a papá. ¿Qué has querido decir con eso? Es por tu forma de sonreír, dijo ella, y, además, mueves la parte superior de tu cuerpo exactamente como lo hacía él. ¿Ah sí? ¿Eso hago? No lo recordaba. Qué extraño. Supongo que no lo miraba tanto como tú, dije. ¿Qué quieres decir?, preguntó. Lo que he dicho, contesté. A mí no me gustaba mirarlo. Había algo repugnante en él. Oh, Dios mío, dijo ella. Permanecimos callados un rato; entonces me di cuenta de que estaba moviendo la parte superior de mi cuerpo, así que me enderecé y me recliné en el sillón. Por fin, ella dijo: Hay una botella de jerez en la parte de abajo de la rinconera. Hazme el favor de ir a por ella. Y trae dos vasos, si te apetece a ti también. Camino de la rinconera decidí coger sólo uno, pero enseguida cambié de idea. Le serví mucho a ella y poco a mí. Eso no me lo habías contado nunca, dijo ella. No, dije, vamos a hablar de otra cosa. Salud. Salud, contestó. Vacié el vaso. Te has servido muy poco, comentó. No bebo a mediodía, dije. Yo tampoco, señaló ella. Me serví más jerez. No sabía de qué hablar. Miré el reloj. No mires el reloj, dijo. ¿Dónde está Oskar?, pregunté. En casa de su madre. Va todos los sábados. Nunca vuelve antes de las cinco, así que puedes relajarte. Estoy relajado, contesté. Ya lo creo. Qué bien, dijo ella, ¿me sirves un poco más de jerez? Se lo serví, pero no tanto como la vez anterior. Más, dijo. Le llené el vaso. Salud, dijo. Vacié mi vaso. Sírvete, dijo. Recordé lo que ella le había dicho a Oskar, que yo era el único que la quería, y con una repentina y casi triunfante sensación de libertad, me llené el vaso. Me miró, sus ojos resplandecían. Me miras mucho, dijo. Sí, asentí. ¿Te acuerdas de que solía llamarte hermano mayor? Asentí. Y tú me llamabas hermana, añadió. Cogí el vaso y bebí. Ella hizo lo mismo. Lo recordaba. ¿Tienes novia ahora?, preguntó. No, contesté. ¿Ninguna es lo bastante buena para ti? No te burles de mí, dije. No me burlo de ti, objetó. Prefiero vivir solo, dije. Eso no te impide tener novia, señaló. No contesté. Eres hombre, dijo. No contesté. Me levanté y fui al servicio. Puse el tapón en el lavabo y abrí el grifo del agua fría. Metí las manos y las mantuve allí hasta que empezaron a dolerme; luego me las sequé y volví al salón. Me senté y dije lo que había ensayado: Prefiero a las mujeres que no exigen nada, que dan, reciben y se van. Ella no dijo nada. Me encendí un cigarrillo. Y tú dices que no estas solo, señaló ella, y luego añadió: Hermano mayor. La miré: tenía el rostro medio vuelto y los labios ligeramente abiertos; no había ni un sonido en la habitación, ni ninguno que entrara de afuera; el silencio duró mucho. Imagínate que..., dijo. ¿Qué?, pregunté. Nada, dijo ella. Sí, dije yo. Pero Otto, no sabes lo que... ¿Qué crees que estoy pensando? Estuve a punto de decirlo, en ese instante tenía dentro un coraje casi lo suficientemente grande. En lugar de eso, dije: ¿Cómo iba a saberlo? Ella cogió el vaso y me lo acercó. Está vacío, indicó. Dime cuándo quieres que pare, dije. No, dijo. Llené el vaso. Estamos bebiendo mucho para ser personas que no beben, comenté. Hay excepciones, dijo ella. Sí, contesté, hay excepciones para casi todo. ¿Te parece?, preguntó sin mirarme. Sí, contesté. Se oyó la puerta de la calle. Oh no, dijo ella. Me levanté. Fue un movimiento reflejo. No te vayas, dijo ella. Me senté. Oskar apareció en la puerta, apoyado en la muleta de mi hermana. Se detuvo. Noté por su gesto que no sabía que yo estaba allí. Hola, Oskar, saludé. Hola, contestó él. Miró a mi hermana y dijo: Tu muleta estaba en el suelo, cerca de la puerta. Ya lo sabía, señaló ella. Entonces perdona, dijo él, dejando caer la muleta. ¿Por qué has hecho eso?, preguntó ella. Él no contestó, y empujó la muleta hacia la pared con la punta del zapato, luego se fue a la cocina, cerrando la puerta tras de sí. No te vayas, por favor, rogó ella. Sí, me voy, dije. Hazlo por mí, dijo ella. No lo soporto, objeté. Oskar volvió al salón y me miró de pasada. No sabía que estuvieras aquí, dijo. Me iré enseguida, indiqué. Por mí no lo hagas, dijo. No, dije yo. Él atravesó la habitación y salió por la otra puerta. Miré a mi hermana; ella me miró directamente a la cara, y dijo: Eres un cobarde, había olvidado que eras tan cobarde. Me levanté. Sí, vete, dijo, vete. Me acerqué a ella. ¿Qué has dicho?, pregunté. Que eres un cobarde, contestó. Le di una bofetada. No fuerte. No, no creo que la abofeteara con mucha fuerza. Y sin embargo, gritó. Al instante oí a Oskar abrir la puerta; seguro que estaba escuchando detrás. Yo no me volví. No oí ningún paso. Miré a la pared. Sólo oía mi propia respiración. Entonces mi hermana dijo: Otto se va enseguida. Oskar no contestó. Oí cerrarse la puerta. Miré a mi hermana, nuestras miradas se cruzaron; había en ella algo que no entendía, algo suave. Vi que quería decirme algo. Bajé la mirada. Perdóname, hermano mayor, dijo ella. No contesté. Vete ya, añadió, pero llámame, ¿de acuerdo? Sí, contesté. Luego me di vuelta y me marché.



En Cuentos reunidos
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Buenos Aires, Ediciones Lengua de Trapo SL, 2010
Foto:  Ivar Johannessen


Blog Widget by LinkWithin

Somos



Patricia Damiano
Isaías Garde

Prohibido irse de Buenos Aires
Macedonio Fernández

Compartir



Comunidad

Borges todo el año
Grupo abierto y participativo





Contenido

BlogRoll